Buena parte de las peripecias vitales de Jesús Bal
giraron en torno a Manuel de Falla, hasta el punto de que
llegó a casarse con su alumna, la pianista Rosita
García Ascot, procedente de una familia culta, acomodada,
muy musical y republicana que un Bal joven, tímido,
inteligente y profundamente seguidor de Falla, como no podía
ser de otra manera, comenzó a frecuentar. La vida
de la pareja estuvo íntimamente ligada a la figura
de Manuel de Falla, tanto en los grandes momentos de estrenos
y glorias compartidas como en la enorme soledad del destierro
o de la distancia insalvable que trae consigo una guerra
civil.
En casa de los Bal, las fotografías dedicadas con
los retratos de Pedrell, de Granados o de Ravel se apretaron
durante toda una vida sobre el piano, al igual que las partituras
anotadas por Falla se amontonaron en el atril.
Mucho de cuanto Jesús Bal escribió versó
sobre Falla, desde sus primeros artículos, críticas,
análisis, ensayos o apuntes hasta su gran estudio
sobre el compositor, tan necesario, pero que nunca concluyó.
Rosita, por su parte, interpretó al maestro en España,
en París, ante Nadia Boulanger o ante Ravel. Todo
Falla, sólo Falla. Como al maestro le habría
gustado.
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