Jesús Bal viajó a Madrid con la intención
de estudiar «alguna ingeniería», aunque
luego se decidió por la medicina. Desde su llegada
a la ciudad comenzó a frecuentar las colas de los
teatros, los debates tras los conciertos, los estrenos,
las zarzuelas y las tertulias de la capital. En sus apuntes
de clase son muchos los borradores de poesías que
se conservan, entre los números y los dibujos de
sus proyectos de Ingeniería. Galicia seguía
ocupando gran parte de su espacio vital como demuestran
su labor como recolector del folklore gallego por sugerencia
del doctor López Suárez; las críticas
de música, de poesía y de arte que escribió
en las páginas del periódico El Pueblo Gallego;
el interés que en sus artículos reflejaba
por las exposiciones de Souto, de su entrañable amigo
Carlos Maside, de Juan Luis, o de su admirado Castelao,
como por los versos de Pimentel, de Correa Calderón,
de Amado Carballo o de Manuel Antonio; y, por último,
su debate público sobre teatro con Rafael Dieste
o con Fernández Armesto. Jesús Bal fue cambiando
lentamente, aún sin terminar de decidirse, la creación
por la acción. Sin embargo, la música —en
el café, o tocando alguna sonata de Beethoven en
casa de García Sabell—, seguía siendo
una constante vital para él.
Su participación en el círculo selecto del
Seminario de Estudios Gallegos obligó a Jesús
a hacer del tren su segunda casa, yendo y viniendo entre
Galicia y Madrid, discutiendo, disfrutando su particular
«dulzura de vivir»... y siendo muy polémico
cuando la acción política le obligaba a levantar
la voz.
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