Madrid y la Residencia
de Estudiantes (1924-1935)
 

Todo Bal recuerda, cuando lo dice explícitamente o cuando sólo lo insinúa, al Proust de las sensaciones, especialmente al referirse a la Residencia de Estudiantes: con Moreno Villa pintando, dialogando sobre arte; con Ortega o con Juan Ramón Jiménez, sentados en el jardín; con su olor a humedad y a jabón en las habitaciones, el rumor de los chopos, la sensación de bienestar. Bal fue un residente modelo, capaz de sentarse al piano, de recibir a un ilustre invitado y de organizar conciertos; y todo con la seguridad con que sólo los tímidos saben interpretarse a sí mismos. La Residencia hizo de él un hombre sociable, maduro y culto, y le permitió entablar amistad con interlocutores como los musicólogos y paleógrafos Curt Sachs e Higinio Anglés, el hispanista y director del Centro de Estudios Históricos, don Ramón Menéndez Pidal, o el director de la Residencia, don Alberto Jiménez Fraud, quien acabó por considerarlo su hijo de adopción, un alter ego.
En aquella época ser residente era garantía de una formación versátil y completa. Bal asumió como propias las líneas pedagógicas de la Residencia de Estudiantes y acabó siendo su cronista y un convincente propagador de sus excelencias. Allí conoció al hispanista británico J. B. Trend, quien le abriría las puertas de la Universidad de Cambridge al invitarlo años más tarde como lector de español. También en la Residencia conoció a su futura mujer, Rosita, seguramente tomando a Falla como pretexto tras un concierto de Ravel o de Poulenc, y, allí vieron la luz sus Treinta canciones de Lope de Vega —en adelante su mejor tarjeta de visita— prologadas por don Ramón Menéndez Pidal y al cuidado editorial de Juan Ramón Jiménez.



treinta canciones de lope de vega
jesús bal y gay - exposición - madrid y la residencia de estudiantes (1905-1935)