Todo Bal recuerda, cuando lo dice explícitamente
o cuando sólo lo insinúa, al Proust de las
sensaciones, especialmente al referirse a la Residencia
de Estudiantes: con Moreno Villa pintando, dialogando sobre
arte; con Ortega o con Juan Ramón Jiménez,
sentados en el jardín; con su olor a humedad y a
jabón en las habitaciones, el rumor de los chopos,
la sensación de bienestar. Bal fue un residente modelo,
capaz de sentarse al piano, de recibir a un ilustre invitado
y de organizar conciertos; y todo con la seguridad con que
sólo los tímidos saben interpretarse a sí
mismos. La Residencia hizo de él un hombre sociable,
maduro y culto, y le permitió entablar amistad con
interlocutores como los musicólogos y paleógrafos
Curt Sachs e Higinio Anglés, el hispanista y director
del Centro de Estudios Históricos, don Ramón
Menéndez Pidal, o el director de la Residencia, don
Alberto Jiménez Fraud, quien acabó por considerarlo
su hijo de adopción, un alter ego.
En aquella época ser residente era garantía
de una formación versátil y completa. Bal
asumió como propias las líneas pedagógicas
de la Residencia de Estudiantes y acabó siendo su
cronista y un convincente propagador de sus excelencias.
Allí conoció al hispanista británico
J. B. Trend, quien le abriría las puertas de la Universidad
de Cambridge al invitarlo años más tarde como
lector de español. También en la Residencia
conoció a su futura mujer, Rosita, seguramente tomando
a Falla como pretexto tras un concierto de Ravel o de Poulenc,
y, allí vieron la luz sus Treinta canciones de Lope
de Vega —en adelante su mejor tarjeta de visita—
prologadas por don Ramón Menéndez Pidal y
al cuidado editorial de Juan Ramón Jiménez.
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