Cambridge, repetía Bal a todo aquel que quisiera
escucharle, suponía una auténtica canonjía.
El viaje más codiciado al que cualquier intelectual
podía aspirar supuso, al mismo tiempo, un distanciamiento
de la dura realidad que por entonces vivía España
a causa del inicio de la guerra civil, cuyo desarrollo Bal
seguía principalmente a través de las cartas
que los amigos y los familiares le enviaban. Cambridge fue
una burbuja protectora, un espacio ideal para abstraerse,
estudiar, aprender, dialogar y escuchar a Rosita al piano,
mientras se servía el té. O bien un espacio
donde prepararse para uno de tantos conciertos, vestirse
de gala cada noche y acudir a recepciones, a conferencias
y a recitales de cámara… Todo a media voz,
muy british, tal como Bal era.
Y mientras tanto, las lecciones de literatura (Cervantes,
el Arcipreste, Quevedo…), los niños vascos
asilados, los encuentros de solidaridad con la España
republicana, el fascismo en un lejano horizonte, la familia
de Rosita exiliada en Francia. El final de su contrato en
Cambridge en 1938 suponía el comienzo de otra realidad,
el fin de su sueño. ¿Adónde ir?
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