Jesús Bal y Gay fue uno de los diez primeros invitados
por el presidente Cárdenas para fundar La Casa de
España en México. A ese país y a su
capital trasladó los proyectos ya iniciados en Madrid
y que había continuado en Cambridge. Allí
contó con los mejores apoyos que entonces se podían
tener: el del compositor mexicano Carlos Chávez y
el de sus colegas de exilio Rodolfo Halffter y Adolfo Salazar.
Su vida fue muy activa (había que producir bien y
rápido), sin pausas, con los ojos puestos en un incierto
regreso a España. Dicen que siempre tenía
las maletas preparadas. Bal pasó con brillantez por
todos los oficios posibles a los que podía aspirar
un intelectual de su talla en el exilio: fue crítico
de El Universal, musicólogo, conferenciante, programador
de radio, ensayista, profesor y compositor. También
fue cofundador de los Conciertos de los Lunes, las Ediciones
Mexicanas de Música y la revista Nuestra Música,
así como autor de importantes obras, entre ellas
Tientos o Chopin. Bal formó parte del gran equipo
humano que impulsó y engrandeció la vida musical
mexicana. Detrás, sin crónica posible, quedan
también mil trabajos oscuros para subsistir, para
sacar adelante a la extensa familia que llegó con
Rosita. Y Diana, la galería de arte que los Bal montaron
en México, que fue como una ventana abierta al mundo,
como una bocanada de aire fresco y de novedosas propuestas,
como las de Remedios Varo, Vera Stravinsky o Genzso, entre
otros muchos artistas. Pero seguían con la mirada
puesta en el otro lado del océano: ¿era aquella
mancha en el horizonte la punta del cabo Finisterre?