Tras un primer intento, Jesús Bal y Rosita regresaron
por fin a España, «de puntillas» y sin
avisar, cerrando, vendiendo y renunciando a su vida en México.
Era el momento adecuado. A su vuelta, muchos amigos (Filgueira,
Celestino Fernández de la Vega o los jóvenes
compositores) trataron de que se reconocieran los años
de trabajo de Bal y hubo alguna que otra tentativa de conseguir
una estabilidad laboral, como los cursos de Música
en Compostela. Ciertamente, Bal pudo haberse centrado en
la escritura del viejo trabajo de Falla ?nunca concluido?,
en la enseñanza, en la composición…,
pudo haberse reintegrado, como algunos pocos que lo lograron.
Pero la realidad es que sólo quedó el reconocimiento
de los que siguieron escribiéndole, animándole,
los que trataron de sacarle de casa. Uno de los grandes
homenajes que se celebró con la ayuda de sus amigos
lucenses fue un concierto en la semana del Corpus de 1973.
Además, recibió el nombramiento de Lucense
del año en 1976. También se le rindieron otros
homenajes desde la Residencia, el Ayuntamiento de Madrid,
el de los gallegos de Madrid, el de las Juventudes Musicales
de Vigo… Poco a poco, aunque siguió al corriente
de todo, Bal fue retirándose a su mundo interior
hasta que dejó de asistir a los actos que organizaban
en su nombre.
Alguna monografía, sus mal llamadas «memorias»,
un congreso y dos libros más es todo lo que resta
de uno de los intelectuales más serios y profundos
del siglo XX.
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