La
muerte de Manuel de Falla siembra por el mundo entero un
viento de desolación. No todas las generaciones ni
aun todos los siglos aportan a la música universal
una figura de tan recio temple como esta que ahora traspuso
los umbrales de la eternidad después de haber consagrado
toda una vida a la contemplación ––y
creación–– de hondas eternidades. La
desolación que hoy experimentamos no proviene de
que ese tránsito quiebre en flor una gran promesa.
Manuel de Falla deja una obra incomparable, cifra ardiente
de un trabajo largo y constante, fruto de una vida entera
dedicada, en un desvelarse sin desmayo, a la creación
y depuración de la belleza sonora. Nuestra desolación
nace de saber que se ha ido para siempre una de esas figuras
que por su excepcionalidad misma habíamos creído
imperecederas.
En los dos ámbitos
en que se puede medir la trascendencia de toda obra musical,
el nacional y el universal, tiene la de Falla dimensiones
de extraordinaria importancia.
En lo nacional realiza
Falla, él solo, una tarea que podría haber
acarreado buena porción de gloria a toda una serie
de compositores. Cuando él llega al mundo de la composición,
la música española está despertando
y cobrando conciencia de sí misma bajo la mirada
tan española como ávida de futuro de Felipe
Pedrell. Hay fe en que el renacimiento de la música
española arrancará de lo tradicional, si es
que ha de llegar a producirse. Para ello el compositor tendrá
que empaparse de lo popular hasta adquirir un léxico
que le permita expresarse a sí mismo con una cierta
originalidad. Por otra parte, esa música culta que
ha de producirse habrá de anudar la gran tradición
rota desde el siglo dieciocho, y para ello tendrá
que volver los ojos a los viejos y olvidados maestros españoles.
En ellos se guarda una técnica de rasgos nacionales
y, lo que es más, toda una vena de popular origen
que, automáticamente, vendrá a insertarse
en la de lo popular contemporáneo. El propio Pedrell,
no bastante satisfecho con sus prédicas estéticas
y eruditas, da el ejemplo como compositor. Albéniz
siente también el imperativo de la hora, pero su
carácter, más instintivo e impetuoso que reflexivo,
le impedirá ahondar en el problema para extraer soluciones
que rebasen la categoría de lo popularista. Es Manuel
de Falla quien con suficiente ardor y clarividencia emprende
el camino señalado por Pedrell, su maestro jamás
olvidado y siempre defendido con tanto amor como admiración.
Pero el camino no es
una senda apartada y callada. A ella llegan voces portadoras
de acentos extranjeros. En unas la cadencia es alemana;
en otras, rusa; en otras, francesa. El mundo resuena con
músicas de Wagner y Strauss, de Mussorgsky y Borodin,
de Dukas y Debussy. El joven que vaya a emprender una vida
de compositor tendrá que escuchar alguna de esas
voces, se sentirá atraído especialmente por
alguna de ellas, el eco de la cual le servirá de
molde para el ejercicio de la suya. El joven Manuel de Falla
las escucha todas, pero es la del impresionismo francés
la que le atrae definitivamente. ¿Por qué?
Va a darse en la música
española un fenómeno paralelo al de la poesía.
Hay quien siente la necesidad de una lírica renovada.
El anhelo está en el aire que se respira. Se necesitan
nuevos medios de expresión, algo que sea diferente
de lo que hasta entonces tuvo vigencia. Y de pronto surge
la figura prodigiosa de Rubén Darío, el portador
de una lira inaudita cuyas cuerdas resuenan con una fabulosa
riqueza de armónicos. Es un arte nuevo, opulento
y refinado. Los poetas incipientes se aferran a él,
porque en él creen descubrir el impulso revolucionario
que sentían necesario para la lírica española.
Las palabras cobran nuevas sonoridades al agruparse con
sesgo nuevo; el castellano adquiere una flexibilidad que
no tenía y sirve para engarzar los temas poéticos
más dispares.
Lo que en la poesía
experimentaron hacia 1900 varios españoles de excepción
bajo la influencia de Rubén Darío y su «modernismo»,
lo experimenta en la música uno solo –Manuel
de Falla– al descubrir a Debussy y su impresionismo.
Para librar a la música española del vacuo
romanticismo academicista imperante era necesaria una cierta
revolución en lo formal, una libertad armónica
lo suficientemente amplia, por otra parte, para acoger con
holgura y frescor los tesoros recién descubiertos
en la música popular. El impresionismo estaba quebrando
muchas trabas de la armonía y ofrecía en este
campo, así como en el orquestal, un marco amplio
y flexible para los ritmos y tonalidades hallados en el
folklore nacional. Algo de eso atisbó Albéniz,
pero fue Manuel de Falla quien sacó las mejores y
perdurables consecuencias.
Pero así como
este compositor no incurrió jamás en un popularismo
fácil y pintoresco, tampoco llegó nunca a
ser un impresionista. Desde sus primeras obras se nota que
al fondo de ciertos procedimientos de esa escuela late algo
muy diferente, tan diferente como puede ser un español
auténtico de un auténtico francés.
Se siente una hondura española, una aspereza ibérica,
un afán de lo real, que nada tiene que ver con la
fantasmagoría sensual de un Debussy. La música
de Falla es española desde sus comienzos. Y el impresionismo
es para Falla sólo un resorte que facilita el arranque
de la obra que día a día ha de ir acendrándose
más y más en lo puramente hispánico.
Volviendo al paralelo que señalé con respecto
a la poesía española y el modernismo, no hay
inconveniente en perfilar este fenómeno de la música
de Falla con las palabras que Pedro Salinas empleó
para definir la trascendencia de aquella tendencia literaria
en las letras españolas: «El modernismo para
algunos poetas españoles fue un estado transitorio,
para otros un experimento fructuoso. Para ninguno, creo,
ha sido un ideal ni una meta. Aprendieron del modernismo
para servir necesidades espirituales que iban mucho más
allá del modernismo […] Se repetiría
aquí un fenómeno muy frecuente en la historia
de la literatura española y que en el siglo XIX se
cumple lo mismo con el romanticismo que con el realismo.
Es la conversión de un movimiento revolucionario,
despertado por estímulos extranjeros en sus comienzos,
en una revisión depuradora de lo tradicional, que
da por resultado un renacimiento restaurador de los más
puros y auténticos valores del pasado».
El sistema armónico
de Falla se va elaborando en un sentido de profundidad cada
día más alejado de las irisaciones impresionistas.
Buena parte de él nace de las resonancias de la guitarra
y de los giros melódicos del canto popular andaluz
para acabar asimilando los rasgos esenciales de la armonía
de la vieja música culta española. Sin entrar
en análisis más minuciosos, podríamos
señalar como uno de los rasgos característicos
de la música de Falla ciertos acordes que yo llamaría
«cóncavos», tal es la sensación
de profundidad que suscitan en quien los oye. He aquí
algunos ejemplos de ellos espigados en sólo tres
obras, la Fantasía Baetica, el Concerto
y el Soneto a Córdoba:
Es una hondura la de
esas armonías que nada tiene que ver con las resonancias
evanescentes del impresionismo, una hondura insondable,
pero que adivinamos concreta, limitada. Es la hondura radicalmente
española, la de Santa Teresa y San Juan de la Cruz,
la de Unamuno, la de Antonio Machado, la de Juan Ramón
Jiménez, la de El Greco, Velázquez, Goya y
Picasso: un infinito en el corazón de la tierra.
Esa concavidad, unida a cierta aspereza no menos española,
apunta ya en las primeras obras de Falla y se va intensificando
con el tiempo. Y para los oídos avezados es inconfundible
aun en obras como las Tres melodías de Teófilo
Gautier y Psyché, que a primera vista
podrían parecer rendida pleitesía a la musa
francesa impresionista.
Es increíble
que un hombre solo haya llevado tan lejos el nacionalismo
musical tomando como punto de partida un incipiente popularismo
colmado de peligrosas superficialidades. Pero la verdad
es que Falla logró cuajar en música una voz
española auténtica como no se había
oído desde los tiempos de Victoria, voz de España
hecha música universal.
Y el alcance de su obra
en ésta, en la música universal, puede medirse
––aparte lo que técnicamente haya influido
en algunos compositores extranjeros–– por la
intensidad del respeto y admiración que en todas
partes despertó su ejemplo de compositor entregado
a la creación con tanto ardor como disciplina. Es
la suya una obra de fervor y rigor, de entusiasmo y meditación,
de sueños realizados lúcidamente. Un místico
y un clásico se hermanaron en Falla para darnos una
obra tan ardiente como equilibrada. La asombrosa perfección
formal de su música está lograda en el crisol
de una apasionada clarividencia, tan alejada del rapto ciego
de entusiasmo como del frío razonamiento dubitativo.
Por eso vemos en él a un clásico auténtico,
a un clásico que rebasa los límites temporales
de una época, a un creador que ha encontrado su modo
perfecto de expresión, mientras que en otros compositores
contemporáneos descubrimos sólo al clasicista,
caballero en una estética que le es, en el fondo,
ajena.
PUBLICADO
EN NUESTRA MÚSICA,
AÑO II, NÚM 5,MÉXICO D.F.,
ENERO DE 1947.
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