| Severo Ochoa es uno de los científicos españoles que mejor representa con su trayectoria investigadora los desarrollos del conocimiento biológico a lo largo de una buena parte del siglo xx. Ingresó en la Facultad de Medicina de Madrid en 1923, y en 1935 accedió al Laboratorio de Fisiología que dirigía el catedrático Juan Negrín. En ese medio de laboratorios de la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE), y en contacto con este fisiólogo, debieron de construirse sus primeros intereses científicos e investigadores. De allí salió varias veces a formarse en el extranjero, para asistir a congresos y ver mundo. Sucesivas estancias junto al fisiólogo alemán Otto Meyerhof le introdujeron en los problemas de la investigación fisiológica de aquél momento y en sus técnicas. La contracción muscular y su bioquímica fueron sus primeros campos de investigación, que mantuvo a lo largo de sus mudanzas. Salió de Madrid en plena guerra civil para regresar a Heidelberg con Meyerhof, y de allí, en pleno nazismo, cuando Meyerhof tuvo que abandonar su país, Ochoa se trasladó a Inglaterra, primero a Plymouth y después a Oxford, para trabajar con Rudolf Peters. Cuando Inglaterra entró en el bando aliado en la Segunda Guerra Mundial, Ochoa se fue a América. Desde la Ciudad de México logró el apoyo de la Fundación Rockefeller para entrar en Estados Unidos y trabajar en la Universidad de Washington, en San Luis (Missouri), junto a Carl y Gerty Cori. Desde entonces su carrera profesional transcurrió en ese país, del que obtuvo la nacionalidad en 1956. En 1942 se trasladó a la Universidad de Nueva York, donde fue profesor de Farmacología y posteriormente de Bioquímica. Durante esos años consiguió reconocimiento científico en Estados Unidos por sus investigaciones sobre la fosforilación oxidativa, primero, y, después, sobre los enzimas implicados en el ciclo de los ácidos tricarboxílicos propuesto por Hans Krebs. Por entonces era ya un experto en enzimas de gran renombre académico en ese país. Sus trabajos, en colaboración con Marianne Grunberg-Manago, sobre un nuevo enzima que permitía obtener polirribonucleótidos que parecían idénticos al ARN le valieron el Premio Nobel de Medicina en 1959, compartido con el que fue su colaborador en plena posguerra, Arthur Kornberg, que lo recibió por la síntesis enzimática del ADN. A partir de ese momento comenzaron sus contactos con las autoridades españolas y con la pequeña, pero paulatinamente próspera, comunidad investigadora que en España se dedicaba a la bioquímica y, muy pronto, a la biología molecular. Prosiguió sus investigaciones sobre el desciframiento del código genético en permanente competencia con el equipo dirigido por Marshall Nirenberg, que había presentado resultados pioneros en 1961. Posteriormente se dedicó a estudiar la biosíntesis de proteínas, cuyos mecanismos se formularon como «lectura» del código genético. En colaboración con Margarita Salas describió la dirección de la lectura del código y los primeros factores de iniciación de la síntesis de proteínas, a los que dedicó el resto de su vida investigadora. Mientras tanto, se formaron en su laboratorio jóvenes científicos, entre ellos un número creciente de doctores españoles. Atendió una llamada a colaborar con el equipo de José Luis Villar Palasí en el Ministerio de Educación y Ciencia y a través de él promovió la creación de un instituto de investigación para la biología molecular, que fue el embrión del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, inaugurado en 1975. Presidió las reuniones de bioquímicos españoles desde la primera celebrada en 1961 y fue miembro activo de la Sociedad Española de Bioquímica desde su fundación en 1963. Tras jubilarse de la Universidad de Nueva York, en 1973 se trasladó al Instituto Roche de Biología Molecular, en Nutley (Nueva Jersey). Su regreso definitivo a España se produjo en 1986, cuando se jubiló del Instituto Roche y se instaló en Madrid.
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