| Ingeniero de Caminos, matemático y apasionado investigador, sus aplicaciones prácticas convirtieron a Leonardo Torres Quevedo en el inventor español por antonomasia. Fue también, auque esta faceta resulta más desconocida, el artífice e impulsor en España de las políticas de fomento de la construcción, importación y distribución de instrumentos científicos para centros docentes y de investigación españoles en el primer tercio del siglo xx.
La aeronáutica, la mecánica y la automática fueron los pilares en los que se asentaron sus trabajos e inventos: su primera patente referida a funiculares data de 1887; en 1893 presentó a la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales su primera memoria sobre las máquinas algébricas; y en 1902 exhibió ante los académicos de París su proyecto de dirigible.
En 1905, en colaboración con Alfredo Kindelán, construyó el primer dirigible español para el Servicio de Aerostación Militar del Ejército. El éxito fue claro: la empresa francesa Astra compró los derechos de construcción del mismo, y algunos de estos dirigibles fueron utilizados por los ejércitos francés e inglés durante la Primera Guerra Mundial en trabajos de protección e inspección naval.
En 1903, Torres Quevedo presentó en la Academia de Ciencias de París otro de sus inventos. En este caso se trató de un autómata, al que llamó Telekino, que respondía a las órdenes transmitidas mediante ondas hertzianas. Fue el pionero en algo hoy muy incorporado a nuestra vida diaria: el mundo del mando a distancia. En 1906 hizo una demostración en el puerto de Bilbao guiando un pequeño barco desde la orilla.
Las máquinas algebraicas o máquinas analógicas de cálculo fueron su tercer gran campo de investigación. Construyó una serie de estas máquinas, todas ellas mecánicas, para examinar las analogías matemáticas y físicas, ver cómo se establecían las relaciones entre ellas y cómo se expresaban en fórmulas matemáticas. Un componente de estas máquinas es el llamado husillo sin fin, instrumento con el que Torres Quevedo fue retratado por Joaquín Sorolla y del que el mismo autor hizo en 1917 un estudio previo que se conserva en el museo del pintor.
Vocal del primer patronato de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), Torres Quevedo desempeñó un papel protagonista y determinante en la creación de tres organismos estatales fundamentales para entender el impulso que desde la JAE se dio a la experimentación, tanto en el ámbito de la educación como en el de la investigación, independientemente de la disciplina: el Laboratorio de Automática (1907) —la construcción de instrumentos—, la Asociación de Laboratorios (1910) —la unión de laboratorios y talleres estatales— y el Instituto del Material Científico (1911) —la dotación presupuestaria.
Del Laboratorio de Automática salieron los más variados instrumentos; no sólo construyó sus propios inventos, sino que también prestó servicio y apoyo a la universidad, y a él acudieron muchos de los investigadores del entorno de la JAE. Torres Quevedo, Blas Cabrera y Juan Costa —el jefe del taller— diseñaron de forma conjunta diferentes aparatos (un electroimán tipo Weiss, un espectrógrafo de rayos X, un mecanismo para manejar a distancia una balanza tipo Bunge, un depósito de altura variable con movimientos micrométricos para realizar mediciones magneto-químicas, etc.). Ángel del Campo, jefe de la Sección de Espectroscopía del Laboratorio de Investigaciones Físicas y maestro de Miguel Catalán, encargó al taller de Torres Quevedo un comparador espectrográfico con aparato de inscribir análogo al ideado por Kaiser; Manuel Martínez Risco pidió un interferómetro de distancia variable, tipo Michelson; Juan Negrín solicitó un estalagmómetro; y Cajal encargó un microtomo tipo Minot y un panmicrotomo, además de un aparato para proyecciones cinematográficas.
Un último dato biográfico interesante para entender a un personaje tan atípico como Leonardo Torres Quevedo fue el proyecto presentado en el Congreso Científico Internacional celebrado en Buenos Aires en 1910, uno de los actos organizados con motivo del centenario de la independencia de la República Argentina. El proyecto, titulado «Unión Internacional Hispano-Americana de Bibliografía y Tecnología Científica», tenía como objeto depurar, perfeccionar, unificar y enriquecer el lenguaje técnico español. El primer cometido era la publicación de un Diccionario tecnológico de la lengua española, con el fin, tan recomendable incluso hoy día, de afrontar los problemas generados por el creciente uso de neologismos científicos y tecnológicos, así como por la adaptación de vocablos de otros idiomas ante la avalancha de términos extranjeros. En 1920 ingresó en la Real Academia Española, donde ocupó el sillón que había sido de Pérez Galdós. En 1901 lo había hecho en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; y en 1916 fue galardonado con la Medalla Echegaray. |