Desde que yo me acuerdo, cuando estoy solo me miro pensativo, ceñudo, melancólico. [...] Muchas veces he querido encontrar la razón a este cambio. ¿La muerte brusca de mi padre a la madrugada; el colejio de los Jesuitas, con su paño morado constante de muerte; el despertar sexual con la idea de lo imposible? Sí.
Juan Ramón Jiménez ingresa en la poesía española de su tiempo —según sus propias palabras— con los cuatro dones gratuitos de la poesía («sensualidad, jenio, gusto, vista»), pero a la vez hubo de esforzarse por adquirir los otros tres, fruto del trabajo y de la lectura («universalidad, crítica, idea»). Sus primeros pasos en el mundo literario del fin de siglo atraviesan por sucesivas etapas que marcan estos años de formación: su paso por el colegio de los jesuitas de El Puerto de Santa María, sus años sevillanos de aprendizaje en el estudio del pintor Salvador Clemente y de primeros tanteos literarios, sus lecturas de los simbolistas franceses durante su estancia en Castel d’Andorte, y sus años de reclusión en Moguer (1905-1912).
Pero es en el Madrid de 1900, al que Juan Ramón acude —por requerimiento de Darío— a «luchar por el modernismo», donde se hace pública su vocación literaria. De Ninfeas (1900) a Laberinto (1913), más de una docena de libros dan testimonio de un crecimiento literario que, partiendo del decadentismo, sabe encontrar un camino propio en la exploración de las posibilidades simbolistas de la tradición mística y popular. En las obras de este periodo, es posible hallar un rico repertorio de herramientas para hacer de la escritura una forma de «educación sentimental», a la que el krausismo proporcionará un componente ético que, desde este momento, estará siempre presente en la estética juanramoniana.