Yo estoy seguro de que cultivando mi poesía ayudo al hombre a ser delicado, que es ser fuerte, más que haciendo balas.
Convencido Juan Ramón de que la poesía —el arte en general— constituye una actividad de gran utilidad para la transformación de la sensibilidad y la inteligencia de un pueblo, y seguro de que sus armas para luchar por un futuro mejor no eran otras que las del «trabajo gustoso» en aquello que él sabía hacer —la poesía—, intentó mantenerse siempre al margen de la batalla política de todos los días. Sí que dará su firma, en los días de la República, cuando las cosas empiecen a ponerse difíciles, para apoyar al Gobierno legítimo desde varios manifiestos.
Cuando estalla la guerra, desde el mismo 18 de julio, Juan Ramón, en un ejemplo de honestidad moral, se pone al servicio del pueblo, con el convencimiento de que, «en esta mala guerra española, el individuo debe ayudar, en la medida de sus mejores fuerzas, al pueblo y al Estado, no ellos al individuo». Y esta disposición de servicio seguirá igual de inquebrantable cuando las circunstancias le obliguen a salir de España. Desde Nueva York primero, y luego desde Puerto Rico y desde Cuba, en unos años en los que apenas le queda tiempo para trabajar en su «obra en marcha», seguirá colaborando con el Gobierno de la República y sufriendo la torpe venganza de la intelectualidad financiada por los rebeldes, que incluso llegan a saquear su casa de Madrid. Los documentos de Guerra en España resultan, a la vez, elocuentes y estremecedores.