El español perdido

 Juan Ramón Jiménez, Españoles de tres mundos, Buenos Aires, Losada, 1942. Residencia de Estudiantes, Madrid
 
 

[…] Yo quisiera figurarme a dios como me figuro mi propia conciencia, un ámbito infinito lleno de ecos, signos y límites, o como un todo, sin más ni menos que la palabra. Quizás sólo con una palabra, el nombre de una síntesis del universo.

 

Tras el triunfo de los sublevados, a Juan Ramón le cuesta mucho hacerse a la idea de que su ausencia de España —que inicialmente él creyó temporal— iba a resultar definitiva. Condenado al destierro y obligado a llevar una existencia nueva, en un entorno ajeno a la lengua española, él —que había hecho de la palabra su forma de existencia como individuo— tiene que aprender a vivir de nuevo. Españoles de tres mundos (1942) será el libro en el que el poeta se construirá con la palabra, para sí y para los demás, ese universo que la guerra le niega. En Nueva York, en las universidades de Miami, de Duke o de Maryland, los Jiménez encuentran la tranquilidad necesaria —quebrada con frecuencia creciente por momentos de decaimiento y de enfermedad— para que el poeta pueda retornar a su «obra en marcha», que sigue creciendo y acendrándose.

 
Juan Ramón Jiménez con varios profesores de la Universidad de Duke, en la ciudad de Durham, Carolina del Norte, junio-julio de 1942.

Daniel Vázquez Díaz, Las bañistas o desnudas en la piscina, h. 1930-1935. Óleo sobre lienzo, 203 x 175 cm. Colección MAPFRE
Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí en Buenos Aires, agosto de 1948. Sala Zenobia y Juan Ramón Jiménez, Universidad de Puerto Rico
Poema "Espacio" de Juan Ramón Jiménez, publicado en el número 28 de la revista  Poesía Española, Madrid, abril de 1954. Biblioteca de la Residencia de Estudiantes. Madrid.

 Un largo viaje a Buenos Aires y a Montevideo significará el retorno del poeta a su «español perdido» y el reencuentro con su «última plenitud»: la que da a Juan Ramón aliento para proseguir en la construcción de una serie de textos (Espacio, En el otro costado, Una colina meridiana, Dios deseado y deseante y De ríos que se van), en los que, finalmente, «el Andaluz Universal» comprende cómo las sucesivas metamorfosis de su escritura cobran sentido en un destino final: todo su trabajo en poesía ha sido trabajo en la construcción de una conciencia («un ámbito infinito lleno de ecos, signos y límites»), a la que —sin pretensiones religiosas, ni mucho menos teológicas— llamará «dios»; esto es: «el nombre de una síntesis del universo».
La concesión del Nobel, en 1956, no es sino el reconocimiento a la “Obra en marcha” de un poeta empeñado en la inagotable tarea de ir poniendo nombre a lo desconocido.

 

Obra mía, alma mía, carne mía, mi solo hijo, mi único hijo conocido, mi siempre joven hijo: forma de mi infinito corazón, fin de mi vida siempre ansiosa, mi mundo entero (cielo y tierra), mi eternidad (pasado, presente y futuro de la existencia toda de todas partes), obra mía, por quien lo he dado todo, por quien me han dado todo, hasta quedarme muerto en mí y vivo en ti, sepulcro hermoso de mi vida viva.