[…] Yo quisiera figurarme a dios como me figuro mi propia conciencia, un ámbito infinito lleno de ecos, signos y límites, o como un todo, sin más ni menos que la palabra. Quizás sólo con una palabra, el nombre de una síntesis del universo.
Tras el triunfo de los sublevados, a Juan Ramón le cuesta mucho hacerse a la idea de que su ausencia de España —que inicialmente él creyó temporal— iba a resultar definitiva. Condenado al destierro y obligado a llevar una existencia nueva, en un entorno ajeno a la lengua española, él —que había hecho de la palabra su forma de existencia como individuo— tiene que aprender a vivir de nuevo. Españoles de tres mundos (1942) será el libro en el que el poeta se construirá con la palabra, para sí y para los demás, ese universo que la guerra le niega. En Nueva York, en las universidades de Miami, de Duke o de Maryland, los Jiménez encuentran la tranquilidad necesaria —quebrada con frecuencia creciente por momentos de decaimiento y de enfermedad— para que el poeta pueda retornar a su «obra en marcha», que sigue creciendo y acendrándose.
Un largo viaje a Buenos Aires y a Montevideo significará el retorno del poeta a su «español perdido» y el reencuentro con su «última plenitud»: la que da a Juan Ramón aliento para proseguir en la construcción de una serie de textos (Espacio, En el otro costado, Una colina meridiana, Dios deseado y deseante y De ríos que se van), en los que, finalmente, «el Andaluz Universal» comprende cómo las sucesivas metamorfosis de su escritura cobran sentido en un destino final: todo su trabajo en poesía ha sido trabajo en la construcción de una conciencia («un ámbito infinito lleno de ecos, signos y límites»), a la que —sin pretensiones religiosas, ni mucho menos teológicas— llamará «dios»; esto es: «el nombre de una síntesis del universo».
La concesión del Nobel, en 1956, no es sino el reconocimiento a la “Obra en marcha” de un poeta empeñado en la inagotable tarea de ir poniendo nombre a lo desconocido.
Obra mía, alma mía, carne mía, mi solo hijo, mi único hijo conocido, mi siempre joven hijo: forma de mi infinito corazón, fin de mi vida siempre ansiosa, mi mundo entero (cielo y tierra), mi eternidad (pasado, presente y futuro de la existencia toda de todas partes), obra mía, por quien lo he dado todo, por quien me han dado todo, hasta quedarme muerto en mí y vivo en ti, sepulcro hermoso de mi vida viva.