EL PAISAJE SALVADO EL MADRID DE MEDITACIONES DEL QUIJOTE
 
Vivir, enseña Ortega, es «salvar» la circunstancia. La suya fue nacer en una familia de periodistas que le abrió muy pronto las puertas del mundo intelectual de aquel Madrid ensimismado de la Restauración canovista. Esa ventaja corre pareja con la responsabilidad para la cosa pública que asume el joven Ortega. Decide irse a Alemania a estudiar Filosofía en la escuela más rigurosa, la de los neokantianos de Marburgo. En 1907, después de su segunda estancia en Alemania y una vez que ha asimilado la «pedagogía social» que considera esencial para la modernización de España —el idealismo kantiano—, Ortega inicia una campaña para convencer a los mejores (se dirige a escritores, artistas y profesionales liberales) de que una cosa es necesaria: modernizar, europeizar España; dos términos que significan lo mismo en su vocabulario. Aunque no se trata de importar o imitar, sino de ganar, desde el suelo de la propia cultura, el nivel que representa el punto de vista europeo.

Entre 1907 y 1914, Ortega desarrolla un diálogo intenso entre la filosofía alemana y la interpretación española del mundo que aflora en las obras de Ramiro de Maeztu, Azorín, Pío Baroja y, sobre todo, Miguel de Unamuno. Su ensayo Meditaciones del Quijote (1914) supone una primera síntesis filosófica. Con la palabra integración abre las múltiples cajas de sentido de este libro menudo e inagotable: integración del paisaje castellano y del madrileño con el mediterráneo, y de éste con el germano.