UN PAISAJE DESHUMANIZADO EL MADRID DE LAS VANGUARDIAS
 
Ortega comprendió muy pronto que la Guerra Mundial iba a dividir en un antes y un después la cultura europea. Su filosofía en ese momento es un insistente interrogarse por lo que muere y nace con el siglo xx. Convencido de que los acontecimientos históricos son jeroglíficos que hay que interpretar, Ortega vio en el arte joven (dadaísmo, ultraísmo, futurismo, surrealismo) un síntoma de lo que denominó «estar a la altura de los tiempos», y en el artista al sujeto que, gracias a su sensibilidad, adelanta los usos y estilos estéticos que dominarán en la sociedad años después.
El romanticismo, con su obsesión «humanizadora», dejaba paso a un arte más frío, más técnico, menos autobiográfico y complaciente con el sentimentalismo burgués. Lo filosófico, lo político y la cultura en general se reorganizaban hacia las nuevas formas que el arte adelantaba.