PAISAJE QUEBRADO
 
Ortega enfermó poco antes de que estallase la guerra civil, en julio de 1936, y se refugió con su familia en la Residencia de Estudiantes —que durante unos días estuvo bajo protección diplomática— por invitación expresa de Alberto Jiménez Fraud. Desde allí partió hacia el exilio, antes de finalizado el verano. Sucesión de paisajes apenas reposados: Grenoble, París, La Haya, San Juan de Luz, Buenos Aires, La Plata,  Lisboa, Cascais. En 1945 regresa brevemente a España para pasar unos días en Zumaya. Al año siguiente imparte en el Ateneo de Madrid la conferencia «Idea del teatro», su única intervención en una institución oficial de la dictadura. Ortega vivirá sus últimos diez años entre su ciudad natal y Lisboa, viajando con frecuencia a otras ciudades de Europa y América en las que sus libros no dejan de reeditarse con gran   éxito, para atender las muchas invitaciones a dar conferencias que le llegan de todo el mundo occidental. El tiempo que le resta lo dedica a leer y escribir sin cesar, pero ya no publicará textos nuevos.
La historia, esa fuerza a la vez humana y transhumana que él quiso comprender —la razón histórica con que se conoce su filosofía—, terminó por destruir la quietud de su paisaje. Recordando una observación de Bernard le Bouvier de Fontenelle, le gustaba decir que «vivir es sentir una “cierta dificultad para ser”».