Un gran geógrafo y humanista
Mª. Pilar Artiga Villacampa

Pertenezco a la generación pionera que inauguró el Instituto Nacional de Enseñanza Media Beatriz Galindo, situado en un precioso palacio que había en el número diez de la madrileña calle de Goya. Esta inauguración tuvo lugar en febrero de 1940. Un conjunto de profesores excepcionales impartía allí la docencia; por recordar a algunos: Gerardo Diego, Rafael Lapesa, Eduardo García Diego, Carlos Vidal, Antonio Marín, Vicenta Arnal, Trinidad Ledesma, Arrese y un largo etc.

En 1943 se incorporó al claustro don Manuel de Terán. Procedía del Instituto Nacional de Enseñanza Media Isabel la Católica. En este curso estudiábamos 4º de bachillerato del Plan de Estudios de 1938, plan completísimo, tanto en humanidades como en ciencias. La asignatura que nos explicó don Manuel fue Introducción a la Geopolítica y las Grandes Potencias Mundiales. Nuestro conocimiento geográfico dio entonces un giro de 180º. Se estudiaban los estados como objetos políticos, materia que contenía a su vez dos ciencias, la geografía política y la geopolítica, ramas de la geografía humana. Sus clases eran extraordinarias, y con catorce años nos puso en contacto, además, con un estudio profundo de la geología y de todos los agentes naturales, al mismo tiempo que con su gran formación humanística lo relacionaba, por ejemplo, con la antigüedad clásica: Grecia, Roma, los pueblos del Mare Nostrum...

En quinto y sexto curso estudiamos Historia de España, de la que hablaba con gran amor y entusiasmo. En quinto, Prehistoria, Edad Antigua y Edad Media y en sexto, Historia Moderna y algo de la Edad Contemporánea. Resaltaba la importancia de la cultura del Vaso Campaniforme, de la falcata. Nos hablaba de la monja Eteria o Egeria, cronista del viaje a Tierra Santa (¿acaso la primera periodista?), de la relación de San Juan de la Peña con el Santo Grial, de la influencia de Bizancio en la España del siglo VI, de la cruzada de Alfonso I el Batallador. Curiosidades como por qué se llama Noviciado esta calle madrileña, o qué era el Nuevo Rezado. Por supuesto, nos habló de doña Beatriz Galindo, La Latina. Sería inacabable la enumeración.

Siempre señalaba los nombres latinos de las ciudades y pueblos de España, así como traducía el significado de los nombres árabes, tan abundantes en nuestra toponimia. Al mismo tiempo que exigía un aprendizaje memorístico, sobre todo en fechas (tres para cada siglo), explicaba la causa y consecuencia de los hechos y tratados; era filosofía de la historia. Sus exámenes eran siempre orales, preguntas concisas, rápidas y, desde luego, entresijo de toda la materia. Por tanto, nos abría unos surcos tan profundos, que al llegar a la Universidad no teníamos ninguna dificultad.

A su magistral enseñanza se unía su forma de expresión. Tenía un timbre de voz precioso, usado en un tono de una cadencia musical y sonoridad excepcionales, con una vocalización impecable. Procuraba usar palabras ricas en sonoridad y eufónicas: noviembre no era el mes más lluvioso, era «el brumario».

Debía de ser un buen políglota, pues la pronunciación de nombres franceses, ingleses y alemanes era perfecta. También se notaba que era un gran conocedor de la literatura española y francesa. Una vez sustituyó al profesor de Literatura, y le tocó explicar el Romanticismo. ¡Lástima que en aquellos años tener grabadora no fuera frecuente!

Recuerdo con especial cariño una excursión a Cercedilla realizada durante el curso, en que nos explicó la formación de la sierra madrileña y nos habló de todas las especies vegetales que allí había, exaltando sobre todo la enorme belleza de los pinares de Valsaín. Nos estimulaba a cuidar de la naturaleza, a mantenerla limpia. Al regreso, en el vagón del tren cantábamos canciones regionales o de las estudiantinas; él participó tarareando y se le notaba encantado tras la agotadora jornada.

El señor Terán tenía un aspecto juvenil y deportivo. Fumaba en pipa y vestía de gris. Imponía un gran respeto y al mismo tiempo confianza, por su cortesía y afabilidad. Siempre mostraba hacia sus alumnas una sutil protección. Cuando le tocaba tutoría, nos acompañaba a la salida del Instituto para vigilar que no molestáramos a nadie ni a nada, y que no nos molestaran a nosotras.

En 1949 le volví a tener de profesor de Geografía (en 2º de Comunes) en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid. Creo que se alegró al tenerme de nuevo como alumna. Él continuaba con su mismo estilo. La geografía que estudiábamos era sobre todo geografía física, destacando la geología. Resaltaba con especial énfasis algunos de los paisajes de España: las rías gallegas, la bahía de Cádiz, los páramos de Ávila, la vista bien distinta que tiene la Sierra Morena desde la meseta o desde la depresión bética, etc.

Le volví a tener en el segundo curso de la especialidad de Historia General. En este curso se estudiaba Geografía Universal, un análisis de todos los continentes: Imago Mundi. Su descripción era tan minuciosa que parecía como si hubiese visitado todos los lugares del mundo. En este curso en un examen fallé una de sus preguntas, nunca se me olvidará: «Función del Casiquiare». Me quedé perpleja, pero su sonrisa, un poco traviesa y al mismo tiempo bondadosa, me hizo reaccionar, y, con un poco de intuición, afirmé: «une el Orinoco con el Río Negro, y por tanto con el Amazonas».

En el examen de mi licenciatura don Manuel también formó parte del tribunal. El tema que tuve que desarrollar fue La romanización de España. Como, además de los conocimientos adquiridos en la carrera, expuse los adquiridos por su enseñanza en el bachiller, su expresión fue de gran complacencia.

La última vez que le vi fue en el nuevo Instituto Beatriz Galindo, con motivo del homenaje que se le hizo a doña Vicenta Arnal por la Fundación que había instituido y que lleva su nombre. Doña Vicenta había sido varios años directora de dicho instituto. En este homenaje hablaron varios profesores, entre ellos don Manuel de Terán, que fue el único que tuvo un recuerdo para el imponente y precioso abeto que presidía nuestro lugar de recreo, y dirigiéndose a don Gerardo Diego, lamentó que no hubiese dedicado unas estrofas a dicho árbol. Siempre palpitaba en el señor Terán una increíble sensibilidad, un halo poético y un profundo amor a la naturaleza.

Otra de sus enseñanzas, con la que quisiera terminar estas líneas con las cuales he pretendido hacer humildemente, con todo respeto, admiración y agradecimiento, una semblanza según mis impresiones de este eminente y querido profesor, es la mutación de las cosas. Creo que esta idea está perfectamente expresada en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, De Causa Montium (1980), estudio histórico de los precedentes y pasado de la ciencia geológica, pasado en el que hay más de poesía que de verdad, y entre las verdades que se salvan figura la de que la Tierra que pisamos, vemos y habitamos se deshace continuamente. El discurso termina emulando un verso de Paul Valéry con estas palabras difíciles de olvidar: «“La tierra, la tierra, sin cesar empezando". La Tierra es una estrella fría y apagada, con un corazón metálico cubierto por un manto y una corteza, siempre lenta, lentísimamente, pero continuamente en movimiento y renovación».