[Publicado en Recuerdo del profesor don Manuel de Terán, Madrid, Asociación de Antiguos Alumnos del Instituto-Escuela, junio 1984, págs. 6-7]
Esperábamos la llegada del profesor de Historia y de Geografía en nuestra clase de tercero de Bachillerato, cuando entró mi padre para presentarnos a un jovencito con unos pocos años más que nosotras, la mayoría de trece años. Se lo había enviado a mi padre su querido amigo don Claudio Sánchez Albornoz, como el alumno más destacado de su curso.
Su timidez era muy acusada y las alumnas del Instituto-Escuela, en general, pecaban de lo contrario. Algo emanaba de nuestro profesor que, a pesar de su juventud, a pesar de su timidez, se nos impuso desde el primer día y seguíamos sus clases con la mayor atención. Tenía una voz suave, un excelente castellano casi poético. Nunca tuvo que levantarnos la voz porque le seguíamos con interés y disciplina.
El señor Terán nos hablaba como a estudiantes ya mayores animándonos a emprender trabajos de «investigación» y lo pongo entre comillas, dada nuestra edad. Uno de los primeros temas que nos propuso fue: ¿en qué época nos gustaría haber vivido y por qué? Elegida la época por cada una de nosotras teníamos que argumentar la razón de nuestra elección, desde el punto de vista histórico y científico. Para ello consultábamos, por primera vez, los libros que él mismo nos indicaba. Escogió los mejores trabajos presentados como temas de discusión para las clases siguientes, donde nos hacía intervenir a todas y el señor Terán completaba con explicaciones, para deshacer nuestros errores y ampliar nuestros conocimientos.
A los pocos años se fue al «Insti» de Pinar y lo perdí como profesor, pero seguía viéndole en casa de mis padres cuando venía a consultar algún libro o cambiar impresiones para preparar sus primeras oposiciones.
Terminada la pesadilla de los tres años, nos encantaba ir a su casa de General Oráa donde el señor Terán y la señorita Fernanda, tan querida de los párvulos, nos recibían con su proverbial simpatía. Allí encontraba el ambiente que con tanta nostalgia recordaba de la casa perdida de mis padres, llena de libros, de hijos y de buenos amigos.
Eran tiempos muy difíciles para todos, muy difíciles para nuestro profesor, pero gracias a su talento fue ganando cátedras y sillones de Academias y la estima que toda su obra merece.
A pesar de su talento, queda para nosotros, por encima de todo, el recuerdo de su bondad y modestia y entrega a la enseñanza. |