Recordar al profesor Terán es volver casi a mi infancia, ya que le conocí a los 9 años, cuando me examinaba de ingreso de Bachillerato en el Instituto Beatriz Galindo. Entonces, después de aprobar el examen escrito se debía pasar a un examen oral de religión y de otras varias asignaturas. Para ello, cinco profesores, sentados tras una enorme mesa con gradas, hacían las preguntas pertinentes. Naturalmente, las preguntas de Geografía le correspondían al señor Terán. Yo quedé impresionada por la figura de aquel señor de aspecto atractivo, de mirada aguamarina un punto distraída y que fumaba en pipa.
Fui alumna del profesor Terán durante los siete años de bachillerato, luego en la sección de Historia de la facultad de Filosofía y Letras, y por último ejercí de profesora auxiliar del mismo en el Instituto Beatriz Galindo. De todos estos años vienen a mi memoria especialmente tres momentos, tres instantáneas en las que el profesor Terán contribuyó en gran medida a despertar y afianzar mi interés por la Historia, la Geografía y el Arte.
Un primer momento fue en segundo de bachillerato. Nos comunicaron como cosa excepcional –en aquellos años no eran nada frecuentes las actividades extraescolares– que íbamos a ir al Museo del Prado. Allí, delante del cuadro de Las Lanzas, el profesor Terán nos asombró con su explicación. No sólo nos dio una lección de arte sino también de geografía del paisaje del cuadro, de psicología de los personajes presentes en el mismo y hasta de geopolítica. Desde ese instante pensé que la Historia del Arte era algo maravilloso como instrumento estético de comunicación con el autor y la sociedad de su tiempo.
Estaba terminando el cuarto año de bachillerato cuando el profesor Terán desarrolló el tema de la Segunda Guerra Mundial. En aquellos momentos, a comienzos de los años cincuenta, cuando comenzaban a verse en España las películas norteamericanas de la contienda, la cuestión bélica era un asunto muy actual y candente. El profesor repasó la génesis del conflicto y su explicación, a modo de conversación, fue tan profunda y a la vez tan clara, incluso para niñas de catorce años, que de nuevo me sorprendió. Por primera vez intuía que la Historia me permitía integrarme conscientemente en la sociedad actual.
En mis años de facultad el profesor Terán impartía las asignaturas de «Geografía Descriptiva» y de «Geografía de España». Recuerdo, como algo excepcional, su explicación de los Alpes, con el análisis de los múltiples planos de interacción en el entorno alpino; era, en fin, una visión íntegra del fenómeno geográfico. De nuevo, se me abrieron nuevos horizontes, y pensé que la Geografía sí que era importante porque nos explicaba los procesos que han dado como resultado el mundo que pisamos y vivimos.
Por último, desde estos breves recuerdos, agradezco al profesor Terán sus enseñanzas, de las que debo destacar que sabía conciliar aspectos tan difíciles de equilibrar como la didáctica, la erudición y la actitud crítica.
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