[Fragmento del texto publicado en el diario Ya el 28 de abril de 1977, pág. 55]
Manuel Terán era nuestro profesor predilecto, tenía un aire bohemio y juvenil, de hombre distraído y romántico, y gastaba bromas muy divertidas. Nos ponía nombres históricos en broma. A una compañera mía la llamaba siempre Robespierre, porque decía que tenía el mismo perfil y la misma nariz que Robespierre.
Explicaba geografía como si la estuviese viendo: los volcanes de Costa Rica, las fumarolas del Vesubio, los torrentes de África, los atolones de Oceanía, el Polo Norte. Recuerdo que un día nos leyó un trozo del diario de Amundsen con tal emoción que todos estábamos impresionados. Yo, luego, he tenido la suerte de ver muchos países. He visto desde lo alto las cataratas del Niágara y he volado sobre los icebergs y las montañas de Terranova. También he sobrevolado, a una altura muy baja, el istmo de Panamá, que es una de las vistas más curiosas e interesantes; parece una clase de geografía viva. Es como si el atlas de Justus Perthes estuviese en relieve en una clase al aire libre. Cuando veía todo esto me acordaba mucho de las clases de geografía del señor Terán, y de aquellos mapas, que tenía grabados en mi memoria, y surcados de líneas de lápices, porque con el señor Terán dibujábamos rutas, y una de estas rutas era la del istmo de Panamá, para luego ir a la isla de Juan Fernández, y de allí a la Polinesia, y a las islas Hawai, donde tenía lugar una película que nos había gustado mucho y se llamaba «Tabú». El último día de clase del bachillerato también fue muy emocionante, todos llorábamos y él tenía lágrimas disimuladas; era el último día de sus lecciones, después de seis años. Con aquella broma suya y aquella ironía se volvió hacia el encerado y escribió con la tiza esta frase: «Cuida bien de este día. Esta es la vida, la esencia misma de la vida. En un leve transcurso se encierran todas las posibilidades, todas las realidades de la existencia. El día de ayer no existe, el de mañana es una ilusión, pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión clara de esperanza. Cuida, pues, bien de este día». Luego, debajo, puso: «De un poeta indio».
Salimos al jardín del instituto, en los Altos del Hipódromo, era primavera, y nos dispersamos para llorar; yo me escondí detrás de la fuente de azulejos y miraba todo, tratando de absorber todas aquellas imágenes de una vida infantil y juvenil, miraba las flores, los árboles, el frontón: todo aquello que jamás iba a volver a ver y quería grabar en mi alma para siempre, y es verdad, allí ha quedado grabado.
Terán nos veía desde lejos y paseaba solo, no se atrevía a acercarse a nadie, no quería que le viésemos, paseaba como si fuera un día corriente, con las manos a la espalda, como un bohemio. Yo me marché corriendo, y le dije desde lejos: «¡Adiós, señor Terán!». Él hizo un gesto vago con la mano, y luego dijo: «¡Villasante!». Nos llamábamos por el apellido. Me acerqué y rápidamente me pasó la mano por la cabeza, en un gesto rápido, como sin importancia, y dijo: «¡Adiós!».
El señor Terán era un hombre tímido, muy bueno, muy sensible, y lo sigue siendo. Era el ejemplo del profesor humano. El señor Terán era un sabio cuando explicaba Geografía e Historia. Ahora es académico de la Real Academia Española y verdaderamente se lo merece: es un sabio. Yo me sigo considerando su alumna.
Unas discípulas de Politeia me contaron que al terminar el ciclo de conferencias se despidió con unas frases, y eran las de un poeta indio. Al cabo de tantos años no era anquilosamiento, era una constante de su carácter. |