El profesor don Manuel de Terán. Recuerdos que permanecen
Teresa Bullón Mata
Profesora titular de Geografía Física
Universidad Autónoma de Madrid

[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

Siempre es grato recordar las cosas antiguas, especialmente cuando se refieren a hechos que se consideran positivos para el desarrollo personal o profesional, como son para mí todos los acontecimientos que se relacionan con don Manuel de Terán, en los años en que terminaba mi especialidad en Geografía y empezaba a trabajar como ayudante de clases prácticas en la primera cátedra de Geografía de la Universidad Complutense. No obstante, como ocurre siempre, con el paso del tiempo, los recuerdos pierden consistencia temporal y se mezclan entre sí, se confunde lo que pasó con lo que se querría que hubiera pasado. Por ello, para impedir que la memoria se confunda con los reflejos de otros acontecimientos, reconstruiré el pasado basándome tanto en los hechos como en los sentimientos que provocaron en su momento lo que se estaba viviendo, esos sentimientos que, como los aromas perdidos, tienen el poder de despertar en nosotros evocaciones del pasado tan vívidas como cuando acaecieron.

Recordar alguna anécdota de mi relación con Manuel de Terán casi parece un atrevimiento, pues es intentar conectar a quien hoy en día es casi un mito, con una persona real, colmada de contingencias. No obstante, la relación existió y ha de entenderse desde la perspectiva del momento humano en que se produce, que es el de la convergencia de una persona cuya vida profesional está en su punto culminante y la de otra que sólo tiene en su haber mucha ilusión y un incierto futuro.

La primera cátedra de Geografía de la facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Complutense era en la segunda mitad de los años setenta un hervidero de incertidumbres. Don Manuel estaba a punto de jubilarse y ninguno de los que formaban parte de ella estaban en disposición de tomar formalmente el relevo. Los contratos eran muy precarios y prácticamente no había dinero para apoyar investigaciones individuales o colectivas. Todo ello, en un momento en que otros grupos y colectivos geográficos empezaban a desarrollarse y a obtener las pocas plazas de profesorado universitario que se convocaban. Un panorama muy poco alentador para los últimos discípulos de Terán, que asustaba a unos y ahuyentaba a otros.

A pesar de ello, en los últimos años de su actividad como profesor, se habían reunido en torno a don Manuel de Terán un grupo de geógrafos jóvenes, que permanecían unidos a él por unos lazos intangibles, mucho más fuertes que los que atan a las personas a cualquier ambición material. Todos ellos eran conscientes de las dificultades profesionales con las que se iban a encontrar, pero consideraban que estar al lado de don Manuel era un gran privilegio y aprovechaban todas las circunstancias para absorber todo el caudal de experiencia, madurez y sabiduría que había acumulado a lo largo de su vida. Este grupo de personas han conservado un recuerdo tan limpio de don Manuel, que han contribuido a lo largo de todo este tiempo a que su recuerdo permaneciera vivo y a que las nuevas generaciones le reconocieran como uno de los grandes maestros de la Geografía española. 

Como miembro del último equipo universitario de don Manuel –quizás yo fui una de las últimas personas que se incorporó a él–, las circunstancias que me rodeaban indicaban con toda claridad que mi porvenir universitario iba a estar lleno de dificultades. Ello me empujó a intentar vivir el momento, a aprovechar para trabajar mientras pudiera en lo que me gustaba. Elegí Geografía Física, algo que me entusiasmaba, aunque no parecía tener demasiadas posibilidades de futuro, tal y como se entendía la Geografía en aquel momento.

Es cierto que sin el impulso y la decisión de Eduardo Martínez de Pisón no habría empezado a tomar forma la idea de que era posible desarrollar una Geografía Física desde la Geografía y convertirla en una especialidad viable, pero sin el respaldo, el apoyo y la confianza de Terán no se habría podido arrancar. Recuerdo las palabras, el apoyo, casi el entusiasmo con los que don Manuel acogió las propuestas de las primeras tesinas de Geografía Física, las palabras que dijo cuando se presentaron, con las que valoraba tanto el esfuerzo que habíamos realizado, como el cariño y respeto que sentía por Eduardo. Recuerdo las conversaciones informales sobre los temas de Física en los despachos del departamento, así como su interés en aportar su experiencia y conocimientos, que eran muchos y valiosos. Pienso que todos los geógrafos físicos debemos a don Manuel de Terán la expansión de esta especialidad desde Madrid, por haber tenido la inteligencia de comprender las posibilidades que se encerraban en aquellos primeros planteamientos y haber sabido canalizar la energía con la que brotaba todo, que, como una vejiga de agua del subsuelo, surgía imparable.

La personalidad y actitud vital de Terán se apreciaba claramente en sus clases, más que en las generales, con todos los alumnos de todas las especialidades de Historia a la vez, en las de Geografía Urbana, que impartía a los geógrafos en la pequeña aula que estaba acondicionada en el departamento de la planta 12. Allí, a primera hora de la mañana, según él decía, para poder participar en el estimulante despertar de una ciudad, nos reuníamos con él un grupo reducido de alumnos, convencidos de que estábamos ante uno de los mejores profesores de nuestra carrera. A pesar del paso del tiempo, muchas de sus enseñanzas han quedado grabadas no sólo en mí sino en la mayor parte de mis compañeros de generación. Solemos hablar de ellas cuando nos reunimos y, por supuesto, las utilizamos para entender y disfrutar de las ciudades. Con él aprendimos a reconocer los rasgos esenciales de una ciudad a través de su plano, a comprender la importancia de su situación y emplazamiento, a entender que un área urbana es un organismo vivo, vertebrado en torno a uno o varios centros de actividad, que depende de su entorno y está condicionado por los acontecimientos históricos que han acaecido en él.

Una persona de gran timidez, muy permeable a los puntos de vista de los alumnos, que trataba a todo el mundo con un gran respeto. En estas clases ponía en marcha su mejor ideario docente. Según nos hacía saber, un alumno universitario en la parte final de su carrera, con un moderado grado de madurez intelectual, no necesita tanto acumular nuevos conocimientos como comprender el significado de los mismos. Tenía que aprender a trabajar solo, a iniciar su propio camino. Por ello, en su opinión, más que atosigar al alumno con datos y agotar exhaustivamente los temas, su misión consistía en marcar nuevas perspectivas, señalar las direcciones en las que avanza el conocimiento científico, evocar más que imponer las nuevas interpretaciones, despertar la curiosidad por las cosas que están aún por hacer. Por ello, todos los datos científicos que transmitía eran cuidadosamente seleccionados y tenían un significado o una motivación precisa. Estaban destinados a ser implantados en nuestro pensamiento como gérmenes de nuestro desarrollo intelectual, en los que se pudieran asentar las futuras aportaciones personales.

Profesor en activo, exiliado de corazón, que comprende que su misión, quizás su drama, es mantenerse en pie, dando testimonio de una realidad que a la mayoría de jóvenes casi ya nos era ajena, para que no se perdiera. «Ustedes, que son hijos de una generación sin conexiones con el pasado reciente, ―solía decirnos―, no pueden entender ciertas cosas», y creo que una de las misiones que él asumía era la de hablarnos de unas claves que desconocíamos, para que pudiéramos recuperar un hilo argumental que, como el tiempo ha demostrado, no pudo llegar a ser anulado. Durante los años en los que trabajé en el departamento con él, y en los inmediatamente posteriores a su jubilación, en las conversaciones informales, en las charlas de sobremesa cuando nos reuníamos todo el grupo a comer –en El Cuatro, o en La Gallina Loca–, aprendíamos directamente de sus palabras, que la mayor parte de lo que parecían logros científicos, culturales y económicos que se apreciaban entonces, se habían iniciado antes de la implantación del régimen político vigente en aquellos momentos. Con ello hacía una aportación viva y directa al restablecimiento de la memoria histórica, que asociaba eficazmente al entrenamiento de la tolerancia, pues no se apreciaba en sus comentarios ningún signo de rencor, no había descalificaciones de nada ni nadie, aunque utilizaba al máximo en esas ocasiones esa finísima ironía que le caracterizaba.

Terán, en suma, fue el profesor carismático, cuyas enseñanzas imprimen un sello especial en sus alumnos, que permanece a lo largo del tiempo. Fue, asimismo, el director de un equipo humano, al que impulsó y promovió para conseguir nuevos desarrollos científicos. Fue, por último, una persona de su tiempo, que asume, depura y rezuma todas las circunstancias positivas y negativas que le ha tocado vivir. Además, al menos en los años en los que estuve más próxima a él, parecía arrastrar un cierto pesimismo existencial, y una profunda preocupación trascendente. No es casualidad que sus citas favoritas oscilaran entre los poemas de las encinas de Antonio Machado «[…] con esa humildad  que cede / solo a la ley de la vida / que es vivir como se puede» y el de Corral de Muertos, «[…] entrepobres tapias/ hechas también de barro» de Miguel de Unamuno. Como él mismo decía a menudo, pertenecía al grupo de personas a las que les gustaría poder hablar alguna vez con Dios, para hacerle algunas dulces observaciones.

23 de septiembre de 2004