El profesor
Jesús García Fernández

[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

Un centenario es recordar un tiempo que pasó, una metáfora. Es volver a ese principio, que no existe; pero que pervive en nuestras mentes, nimbado por nuestra bienquerencia y gratitud. Por eso yo, en esta ocasión, quiero volver también al principio; al principio de mis prístinas relaciones con el señor Terán, que fue y sigue siendo mi maestro, aun con las diferencias que el tiempo lleva consigo. Pues aparte de lo mucho que me enseñó, el mayor legado que me dejó fue tener un espíritu crítico conmigo mismo, base de todo lo que he podido hacer como geógrafo. Otro no menor fue su amistad.

Este principio comenzó en el curso académico 1946-1947, cuando en el entonces segundo de Comunes explicaba Geografía General. El día que se inició este curso la primera impresión que me produjo, lo mismo que a la mayor parte de los alumnos, fue de sorpresa y admiración. Era un profesor singular. Empezaba por su aspecto físico. De mediana talla, y bien proporcionado. Coronaba su cabeza braquicéfala, de tamaño regular, una buena mata de pelo rubio, que se acercaba mucho más al flavo, que no al taheño. Parecía, más que un español, un extranjero. No vestía con el atildamiento de otros profesores; pero presentaba una elegancia un tanto exótica. En vez de un traje llevaba una chaqueta azulenca y unos pantalones grises bien combinados. Era ya una diferencia. Pero, además, algunas arrugas le daban un aire de mesurado desaliño. Lo resaltaban sus cabellos, no planchados por el fijador como era lo habitual, sino que los adamares le caían a ambos lados de la cabeza y aun algo sobre la frente. Presentaba así un aire de elegancia snob, que hacía su figura atrayente. Sus ojos zarcos contribuían a ello.

Pero sobre todo era su modo de explicar. Lento, con una voz que, siendo viril, era al mismo tiempo sedosa. Entraba sin darse cuenta. Con una gran precisión en el lenguaje, no exenta a veces de gran valor estético, iba fundiendo con toda claridad y sencillez los diversos aspectos de la Geografía General, lo mismo los físicos que los humanos, a los que daba más importancia. Todos éramos conscientes de que era uno de los mejores profesores que habíamos tenido hasta entonces; y también más tarde lo pudimos comprender al concluir la licenciatura. Entonces no era aún catedrático de universidad, sino de instituto. Pese a ello se le denominaba, como a los más destacados, «señor Terán»*. Nadie pensaba dedicarse a la geografía; pero raro era el alumno que faltaba a su clase. Aunque fusionados los dos grupos de Comunes, mejidos estudiantes de Historia, y todas clases de Filología y Filosofía sus explicaciones se consideraban como algo interesante. Muchos años después el malogrado novelista, compañero nuestro, que llegó a acabar la licenciatura de Historia, recordó en una entrevista que los profesores que destacaban por su calidad eran el señor Montero Díaz y el señor Terán. La exaltación de este último, en un autor que tenía un espíritu crítico muy cáustico e irónico, da idea del aprecio que se tenía de él.

El señor Terán nos descubrió una geografía muy distinta a la que todos teníamos en nuestros estudios anteriores. Con harta frecuencia se refería al «paisaje» como un todo, en el que estaban engarzados los elementos que nos explicaba. Para mí este paisaje, que un tanto a somormujo era una de mis aficiones intelectuales, que no estéticas, me decidió a consagrarme a la geografía. Sus explicaciones me llevaron a la lectura de otras obras al margen de la clase. Era bastante lo que no entendía. Rompí la timidez, y empecé a hacerle consultas. La primera vez estuvo bastante displicente conmigo. Pero pronto se rompió el hielo, ya que apreció que presentaba cuestiones serias. Comenzó a tratarme con deferencia.

Desgraciadamente, pasado este curso, y ya en la sección de Historia hasta que llegamos al último de la licenciatura con don Amando Melón, la geografía,  más que inoperante era inexistente. Pero yo no estaba dispuesto a que pasasen dos años en la línea a la que me había entregado en la inopia. Lo resolví de dos modos. Compaginaba el estudio académico con lecturas geográficas a barrisco. Si aprendía, también esto me ocasionaba dudas.

Por fortuna el otro modo que seguí me ayudó a resolverlas. Para no olvidar lo que había aprendido, y para mantener la tensión intelectual, continué asistiendo a las clases del señor Terán hasta el final de la licenciatura, y aun después. No sólo era una repetición de lo anterior, sino que siempre había algo nuevo. Pero, además, como su clase era la de la última hora, casi de modo cotidiano solía pasear con él hasta La Moncloa. Hablábamos de geografía, me orientaba en las lecturas; pero también nuestra conversación trataba de lo divino y lo humano. Fue el comienzo de una amistad que sobrepasó la geografía. Pero siempre como maestro y discípulo.

Y como maestro era exigente: se interesaba por mis lecturas; pero también cuando llegaba el momento, de modo amable, pero firme, corregía mis errores y barrumbadas de insipiente. Cuando nos despedíamos en Moncloa yo meditaba sobre ello. Tardó mucho en pulir a aquél joven impetuoso y hasta algo cimarrón. Es quizá lo que más le agradezco. Estos paseos distendidos fueron también el principio. Me empezó a enseñar a ser geógrafo, y hasta hombre. ¡Ay, aquellos gratos paseos! Hoy son un recuerdo, una metáfora.

* Entonces los estudiantes hacíamos una clara distinción entre «señor» y «don». Este último lo teníamos todos desde concluido el Bachillerato; ser «señor» era mucho más, y se reservaba para aquellos profesores que destacaban por su buen hacer y su sabiduría. Había muchos «dones» y relativamente pocos «señores». Aun algunos de los más afamados por otras artes, no nos merecían esta categoría.