Manuel de Terán, maestro humanista
Lola Gavarrón

[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

No sabría explicar por qué. Pero muchas veces en mi vida y recordando la etapa universitaria, he recordado a Manuel de Terán. Todo en él era singular. Empezando por su aire, un poco apesadumbrado, como si tuviera una nostalgia indefinida. Con su impecable sastre negro de chaqueta que se abotonaba alta y caía como una levita, entraba en la clase de Geografía de Europa, de cuarto curso, por ejemplo, y con él, un aire de insobornable autoridad se colaba con toda ligereza en la atmósfera de la clase.

Era el año 1971. Aún seguían las peleas diarias con los grises que se permitían subir hasta los últimos pisos, donde se daban los seminarios. Sin que nunca hubiera hablado de ello, sus escasos alumnos de la primera promoción de Geografía –éramos unos 18, lo que para una especialidad de Filosofía y Letras era francamente poco–, sabíamos que Manuel de Terán no estaba conforme con la ausencia de libertades democráticas, así como con la severidad y hasta «grosería» del régimen franquista. Pero él no decía nada. Como Thomas Becket, su silencio era un silencio que hablaba.

Y cuando hablaba de verdad, en las clases, sin alzar la voz y sin gesticular, el silencio casi religioso era el nuestro. Cuando Manuel de Terán hablaba, teníamos la impresión de que lo que decía estaba bien contrastado, tenía peso, nos daba claves de nuestro futuro oficio y sobre todo era original. Era un hombre profundamente original. Que sabía relacionar las cosas. Yo siempre le veía como un verdadero humanista.

Empezaba la clase de Geografía de Holanda poniendo una diapositiva de un claroscuro de Rembrandt. Y a través de Rembrandt y de esa pintura, en concreto, ascendía a analizar la lucha de Holanda por conseguir terrenos al mar; la dialéctica con su medio ambiente; la historia de las sucesivas invasiones entre las cuales la española de Felipe II, que habían permitido surgir en Holanda una semilla democrática, fue ejemplar para sus países vecinos y muy fértil para la prosperidad de ese país.

Las clases con él se pasaban en un vuelo. Terán nos hacía volar la imaginación. Nos enseñaba a ver las cosas «como un todo», como un collage, donde todo está interrelacionado. Por eso, cuando decidí hacer mi tesis doctoral sobre el caso de Moratalaz como un ejemplo de Geografía Urbana «fallida» ―pues la realidad se alejaba demasiado de los planes originales―; Terán, aceptó con gusto el dirigírmela y se asombró conmigo en mi decisión de hacer un verdadero trabajo de campo yéndome a vivir tres años a dicho barrio y saliendo elegida incluso, democráticamente, como vocal de Urbanismo de la Junta Directiva de la Asociación de Vecinos de Moratalaz.

Terán, por su edad y porque era lo mejor para los dos, me citaba siempre en su casa. En la Residencia de Profesores de Isaac Peral. Su acogida siempre era grave pero muy cordial. Yo le iba exponiendo los problemas que iba encontrando; la alegría cuando pude conseguir en un despacho de arquitectos el original Plan de Urbanismo de Moratalaz a cargo de URBIS y cómo ese plan se adulteró, por la especulación urbana ya irreversible desde mediados de los setenta y a pesar de la resistencia vecinal a que se les recortasen los espacios colectivos.

En su casa, Manuel de Terán recibía en un gabinete atestado de libros, donde a veces, cuando buscamos uno en concreto de Pierre George, Horacio Capel o Henry Lèfevre (recuerdo que buscamos en efecto libros de estos autores), teníamos que movernos como quien sorteaba obstáculos. Siempre me decía «no tenga así jamás el despacho». Pero el caso, es que él sabía perfectamente dónde tenía cada uno de sus miles de libros.
Las entrevistas solían ser cortas. Por un lado me citaba a última hora de la tarde y por otro yo no quería cansarle en absoluto.

Pero la brevedad del tiempo no excluía la intensidad del momento. Viendo mi perseverancia o mis momentos de desánimo, Terán siempre daba con la palabra justa que me «remontaba» y me permitía salir de su despacho, con la noche bien cerrada, con mucha más moral de cómo había acudido a él.

Sí… Terán es de los profesores de los que mejor me acuerdo, de aquella época ¡en otra vida! en que me moví por la facultad de Filosofía de la Complutense.  Es imposible olvidar la entrega tan natural como entusiasta con que nos explicó la geografía de Europa y del Mundo. La sencillez con que sugería que consultáramos los dos libros de su Imago mundi. La modestia, en fin, de un profesor que sabía dar «volumen» a nuestras inquietudes intelectuales y que en mi caso me dio tantas veces las claves necesarias para poder presentar mi tesis doctoral a los 26 años. 

Septiembre de 2004