El atractivo de Terán como profesor
Esther Jimeno

Que yo recuerde, fue el profesor Terán quien adjetivó a las excursiones de «geográficas». Excursión geográfica significaba que no se cantaba Asturias patria querida, no se contaban chistes, no se comía en el autobús… Significaba observación, interrogantes, explicación, información, silencio… y sensaciones.

La excursión geográfica a la laguna de Peñalara en un mes de mayo se convirtió, en aquellos años de 1951-52, en un mito: la niebla, la pérdida del grupo en la Sierra, la desaparición de la laguna entre la bruma, Terán voceando que no nos dispersáramos, la brújula, el altímetro, la hoja del topográfico... la llegada milagrosa al hotel de los Arias. Muy temprano salimos hacia Madrid y, ya en Moncloa, tropezamos con la procesión de la Virgen María, las flores del mes de mayo y el cántico

«el demonio a la oreja
te esta diciendo
deja misa y rosario
sigue durmiendo»

El profesor Terán nos puso de manifiesto en esta ocasión el buen uso que un geógrafo puede hacer de las herramientas que tiene a su disposición.

En junio de 1951 programamos, como era habitual, un viaje de final de carrera. Nuestras posibilidades económicas eran mínimas. El grupo decidió que nos acompañase el profesor Terán. Él programó la ruta: Madrid-Alhama de Aragón-Nuévalos-Madrid. Sentados al pie de la cascada la Cola de Caballo, Terán nos preguntó qué pensábamos hacer en un futuro próximo… Gran indecisión. Una muchacha vasca y yo lo teníamos claro: ella, montar un colegio en Bilbao y, por mi parte, seguir estudiando hasta conseguir una cátedra de Geografía. Pura ignorancia la mía, en momentos en que la geografía se debatía en cuestiones epistemológicas y por dilucidar su lugar entre las ciencias. Al cabo de un rato, y mientras paseábamos, Terán me propuso dirigirme la Tesis Doctoral. Aproveché el verano, por sugerencia de Terán, para leer y recopilar la literatura histórico-geográfica en torno a Soria y su provincia. Así conocí la existencia del primer censo de población existente, de 1270, época de Alfonso X, que se conservaba en la Real Academia de la Historia, en la calle León de Madrid.

Si Manuel de Terán no hubiese sido mi director de tesis, jamás habría podido traducir, estudiar y manejar… tener en mis manos aquella belleza de manuscrito. Ni publicarlo, claro. Casi dos años tuve que dedicar a aquel trabajo. La directora de la biblioteca era doña Mercedes Ballesteros. Ella le comunicaba a Terán, el día y la hora, siempre de la tarde, en que yo podía ir a trabajar el manuscrito. Un ujier me abría la puerta, y mientras trabajaba se colocaba detrás de mí hasta que finalizaba. Yo vivía entonces en la Residencia de Fortuny. El teléfono se ubicaba al final de aquella preciosa escalera y alguien gritó:

-¡Esther Jimeno…te llama Terán…!

Aquella tarde doña Mercedes deseaba tomar café conmigo y conocerme. Terán, delicadamente, me sugirió que fuese «puntual», fina, amable. Todo fue muy bien; tanto, que el ujier desapareció de detrás de mi espalda y Terán consiguió una publicación en el Boletín de la Real Academia de la Historia, en dos números y una separata, incluido un dibujo a rotulador de la iglesia de San Pedro que entonces, creo, no era concatedral.

¿Qué más puedo decir? En la calle León, la misma en la que se ubicaba la Real Academia de la Historia, había una pescadería maravillosa. Peces plateados, grises, rosáceos, asalmonados... colocados en un orden perfecto. Los veía mientras esperaba que fuesen las cuatro de la tarde para llamar al timbre de la puerta de la Academia y que el ujier me abriese la puerta. Se lo comenté a Terán. Se quedó un tanto perplejo. Orden y método. Capacidad de observación, capacidad de curiosidad, capacidad de asombro, capacidad de deseo. Y mantener toda la vida esta actitud.

La familia Terán pasaba habitualmente los veranos en Sigüenza. Un año lo hizo en Soria, y alquiló un piso en la calle Nicolás Rabal, paralela a uno de los bordes de la Alameda. En aquella casa vivía el médico Jesús Calvo, el pionero en Geriatría en España; tenía varios hijos que conectaron muy bien con los Terán. Terán se unió, obviamente, a las excursiones, sin adjetivo, que organizaba don Clemente Sáenz, ingeniero de Caminos Canales y Puertos. Eran excursiones puramente intelectuales. Don Clemente fue un didacta nato y un sabio. Me ayudó mucho en el trabajo de mi tesis y Terán, ante cualquier duda, me remitía a don Clemente. Sé que aquel verano, de 1956-1957 fructificó su amistad. En ocasiones, Terán me sugería que diésemos un paseo por la ciudad: el viejo olmo junto a la iglesia del Espino, la tumba de Leonor, y en la ladera del castillo divisábamos

«las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares»
La más hermosa metáfora de una realidad geográfica: el meandro. Machado, me subrayó Terán, ha sido el poeta que mejor ha sabido expresar la realidad geográfica.

Realidad objetiva geográfica y percepción subjetiva.

«El Moncayo azul y blanco
…Los campos de Jaén
rayados de olivar y olivar…»
La Península basculó hacia el oeste y el Duero y su red fluvial cambió su rumbo hacia el Atlántico.

A principios de febrero de 1975 me fui a Costa Rica con una beca del Ministerio de  Asuntos Exteriores para trabajar como geógrafa en la recién creada Universidad Nacional, ubicada en la ciudad de Heredia, y creación política de la Social Democracia Costarricense. La Facultad se llamaba de Las ciencias de la Tierra y el Mar, en la que se incluían: Topografía y Cartografía, Ciencias Agrícolas, Ciencias Ambientales, Geografía y Biología Aplicada. Enseguida supe que mi elección se debió a que Manuel Terán hubiese dirigido mi tesis doctoral; era el «único» geógrafo español de prestigio que se conocía en Costa Rica.

En uno de mis viajes a España le visité en la Universidad. Me invitó a tomar café en el espacio reservado al profesorado. Hablamos mucho. Le conté acerca de mi nueva manera de trabajar con el modelo anglosajón, que a mi juicio era más directo, interesante y creativo que el modelo francés al que estábamos acostumbrados en España; cómo la «excursión geográfica» se había transformado en «trabajo de campo», que siempre finalizaba con un baile al ritmo latino. Le interesó especialmente la ubicación de la Geografía en la Facultad en la que la Historia era ajena.

Ya no le volví a ver. Me enteré de su muerte cuando todavía estaba yo en Costa Rica. Manuel de Terán fue indudablemente un «maestro» en el campo de la ciencia geográfica, pero también un «educador». Tenía ese tipo de mente que te atrae, te sugiere, te hace pensar, te estimula, te obliga a estudiar y a profundizar en la vida, a ir más allá… Poseía lo que yo llamo una mente «sexy».

Aguadulce, 17 de marzo de 2007