El magisterio de Terán
Eduardo Martínez de Pisón

[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

Me siento conducido, algo a mi pesar, a entrar en un género de referencias a las que procuro rehusar. No creo que correspondan al tipo de cosas que hubieran complacido a la sobriedad de don Manuel. Pero tampoco me resisto a dejar un bosquejo del especial significado que el magisterio de Terán tuvo para mi generación universitaria, por sus señaladas cualidades personales y en las angostas circunstancias de entonces. Para mí, ese significado es personalmente demasiado grande para sintetizarlo en unas líneas. También por ello he dudado en hacerlo, por el justificado temor a no estar a la altura ni en lo objetivo ni en lo subjetivo que su figura de maestro merece. Lo cual es incluso más difícil en la brevedad que se me concede. Su contribución es de fondo, en lo geográfico y en lo personal, por lo que no es reflejable en este limitado espacio. Aun así, dejo el testimonio. Como el magisterio de Terán, directo e indirecto, se ha prolongado en mi caso hasta hoy, acotaré esta nota a los momentos en que fue mi profesor y a los inicios de mi labor geográfica.

La Universidad de Madrid de mis tiempos de estudiante y de comienzo de profesorado era, como digo, angosta. Esa estrechez era patente particularmente en el mundo de las letras, en el que se había diluido el estilo y habían desaparecido las notables personalidades que las habían caracterizado en la preguerra. No obstante, había luces en la penumbra y una de ellas, particularmente marcada, era Terán. Luces así, todo hay que decirlo, ha habido pocas después. El profesorado no era particularmente interesante, aunque se podría hacer toda una escala en la que los geógrafos no saldrían nada malparados. No quiero entrar ahora en estos recuerdos ni apreciaciones, aunque los tengo bien catalogados, sino sólo indicar que en mi valoración personal había dos profesores en la especialidad de Historia bastante diferentes en personalidad y en dedicación, pero ambos muy destacados por su valía, por los que mantengo un gran respeto: Manuel de Terán y Santiago Montero. Bastaron para que todavía conserve un recuerdo atractivo de las clases, de las sugerencias y la calidad que hervían en aquellas brasas algo perdidas en la sociedad de entonces. Quizá por ese mismo carácter casi escondido adquirían más valor relativo. Además, ahí latía un afán de exigencia intelectual por sí misma, un ejercicio de rigor en circuito cerrado por pura moral científica, un reto de calidad que partía de unos mínimos sin los cuales no había punto de partida. Y un desprendimiento, una generosidad que a partir de entonces permitía al aprendiz ir pasando, ayudado sin apariencias de ello, a ser un profesional. Aquellos apartados núcleos de saber buscaban más la capacidad que la competitividad y esa lección, mejor o peor aprendida, aún nos condiciona como una marea de fondo en las inclinaciones de la universidad actual, tan tentada a estimular la competición en vez de la competencia.

Luces excelentes, que he tenido la suerte de ver. Los que no conocieron en su momento a Terán o luego no pudieron tratarlo directamente en el ampliado mundo de la geografía se perdieron tantas claves que es muy difícil reparar esa carencia o contarlas con suficiente entidad. Me gusta ser persona discreta, pero haber conocido y tratado a Terán y tenerlo como maestro es un privilegio que no me importa exhibir. En los historiales de méritos que ahora se piden para cualquier bagatela no están incluidas estas casillas como valorables y, sin embargo, pueden ser las más trascendentales.

Tengo no sólo vivos los recuerdos, sino las enseñanzas. Lo que Terán abría a alumnos y discípulos era amplio, desde la nube que pasaba por el cielo visible desde el aula al conflicto que estallaba en un país sin datos. Su palabra era sugestiva, sus asuntos también. Explicaba con melodía pausada, exponía con hilazón completa, con estructura que no prescindía de meandros o aparentes divagaciones que volvían al camino de origen, con didáctica evidente, con ingenio verbal y con referencias culturales poderosas, y abordaba temas para mí sugestivos que me hacían poner la atención al máximo: el paisaje de los vaqueiros de alzada en una cordillera inquietante, los conglomerados del Prepirineo que tantas veces había escalado, las ciudades perdidas de Asia que estimulaban la imaginación, los remotos principios históricos de la exploración… El mundo siempre se abría algo más. Naturaleza, dinamismos de la Tierra, teorías sobre el mundo, sobre la ciencia, sobre la causalidad, la realidad social inmediata del suburbio, la atención directa a los contenidos geográficos de los paisajes naturales, rurales y urbanos, los campos de Hungría o las ciudades medias del interior de Norteamérica; un escenario detrás de otro fueron desplegándose en el alumno en un proceso que no tuvo retorno.

Calidad podría ser la palabra que más se ajustase a tal contribución, a tal donación de saber. De saber y de procedimiento. De nivel de conocimiento y de su modo de uso. La calidad del magisterio de Terán era científica, pero también intelectual, reposada sobre la cultura, y muy intensamente, aunque de manera implícita, era también moral. Y estos valores eran crecientes con el trato, donde la luz se intensificaba y expulsaba las tangibles atmósferas sombrías de otros campos de la enseñanza. Terán mantenía ya sus posturas ante las cosas con su sola presencia y, claro está, aún más con sus iniciativas, sus lúcidos programas de investigación, con su tipo de interés por el mundo, lo que en geografía remite a un trabajo, pero también las formulaba si era necesario. Sobre todo, de Terán partía un estímulo —tan exigente como amable, que podía ser silencioso— para hacer las cosas bien, para el trabajo inteligente. Que Terán pudiera oír, leer o juzgar un trabajo, era ya una petición de calidad.

Pero la relación con Terán conducía al Instituto Elcano, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). A un ambiente silencioso y de labor, de actividades investigadoras y de seminarios sobre temas especializados y de actualidad, con una biblioteca portentosa donde se reunía la geografía antigua y activa del mundo, con la posibilidad del trato científico y personal próximo con Terán y sus valiosos compañeros, como don Amando Melón, y discípulos como García Fernández —que ya estaba en Valladolid—, Cabo y Quirós entre otros. Siendo yo aún alumno, Terán comentó en clase que se iba a realizar por las tardes en el Instituto Elcano un seminario sobre rocas e invitó a quien quisiera participar en él a asistir a la primera reunión aquel mismo día. Mi afición a las piedras me llevó allí. Fui el único alumno que entró en la sala, no sin osadía pienso ahora, donde se sentaban ya los discípulos de más edad en torno a una mesa cargada de pedruscos. No sé si desperté sólo curiosidad o incluso asombro. Creo que no les defraudé en aquel contacto petrográfico, pero, de cara a mí mismo, ese fue el momento en que pasé de ser un alumno de historia a lo que, rodando como un guijarro, ahora soy y llevo tantos años gratamente siendo. En todo ese tiempo creo que la tutela de Terán, personalmente provocada como juicio menor o definitivo, no me ha dejado. Si se repasan mis escritos, hay buena prueba de ello.

Por mediación de Terán fui unos años profesor en el Colegio Estudio de enseñanza media. Años de iniciación en el profesorado en los que aprendí tanto del modo de hacer las cosas allí que no puedo resumirlo. Había detrás nuevamente una vinculación intelectual indudable, una persona de calidad tan señalada que aún admiro, un estilo y un método de ejercer la enseñanza, un sistema de excursiones y un significado con los que tengo numerosas deudas. Era una de las prolongaciones de Terán, de su inserción intelectual, de sus relaciones culturales y personales en las que sus discípulos entrábamos para ejercer una labor y de las que obteníamos beneficios pedagógicos y formativos profundos.

Luego vino el tiempo de madurez y nunca cesó la relación ni su magisterio. Aún prosigue. Lo que tenía Terán de propio y todavía tiene, lo que distinguía su saber irradiante de un conocimiento estanco, capacidad que tanto hubiéramos dado por proseguir, es similar a aquello que escribía William Blake en sus Proverbios: «The cistern contains: the fountain overflows». Más o menos: «La alberca contiene, la fuente rebosa».