Remembranzas didácticas entre el final de un periplo universitario y la iniciación de otro
Antonio Moreno Jiménez
Profesor titular de Geografía Humana
Universidad Autónoma de Madrid

[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

No pueden, ni pretenden estas escuetas líneas constituir más que eso, un hilván de fragmentos de una memoria desigual que añadan, si es que ello es aún posible, algunos datos, hechos, más bien destellos y detalles, tal vez desconocidos, de la figura de don Manuel de Terán, cuya estela, amplia y persistente, permeó a tantas promociones de universitarios, geógrafos y no geógrafos. Transgrediendo el rigor y disciplina de la razón científica, me permitiré navegar entre las dos aguas de, por un lado, la glosa afectiva y, por otro, el discurso lógico, compartiendo con el lector los limitados testimonios personales que el espacio disponible y la mesura aconsejan. ¡Ojalá las concisas alusiones recogidas aquí sobre su faceta como profesor puedan prolongar los efectos de su magisterio!

Como afanoso estudiante, inmigrante a Madrid desde la Universidad de Granada por razón de estudios (geográficos), y con el arrebato juvenil propio de mediados de los setenta de la pasada centuria, tuve la oportunidad de impregnarme de una pequeña parte del caudal intelectual y humano, acumulado por don Manuel de Terán a lo largo de su vida académica. Por acotar coordenadas, ello discurrió entre 1972-1975, durante los años de la licenciatura, posteriormente en el curso de doctorado y luego con motivo de la realización de la tesis bajo su dirección, leída finalmente en 1979.

Al filo ya de sus setenta años llegaba de mañana sosegado y despacio al seminario de la primera Cátedra de Geografía en la Facultad. Incluso un año antes de ser alumnos suyos, a mis compañeros y a mí se nos antojaba, por su apariencia y maneras, cortés, bien humorado, cumplidor y proclive a la meditación.

Resulta sorprendente, al reflexionar retrospectivamente, cuántas enseñanzas hemos podido adquirir, simplemente observando o escuchando a los buenos profesores, sin que ellos hayan hecho particular énfasis en transmitir de manera expresa y formal un conocimiento didáctico. Los alumnos percibíamos una dicción pausada en sus explicaciones y descripciones, denotando un fluir denso desde la mente a la palabra que, amén de una actitud intelectual, constituían un recurso de comunicación de indudable efectividad. Sin decir cómo dar una clase, de sus hechos se desprendía cómo captar y retener sostenidamente la atención del estudiante, que en actitud de receptividad activada, más que registrar apuntes apresuradamente se veía compelido a «aprender pensando». La clave no recaía en la velocidad de transmisión de información por el profesor y la simultánea recogida de la misma por el alumno, sino en la aportación de la dosis apropiada para que la mente trabajase en tiempo real, no a posteriori. ¡Cuántas veces no hemos errado al confundir al alumno (que debiera ser formado para homo cogitans) con un mero escribano, derrochando la extraordinaria y fecunda interacción que puede brotar, incluso con el más tradicional de los modelos de enseñanza, el centrado en exposiciones! A quienes después hemos ejercido de profesores, la didáctica de la Geografía destilada por el maestro, sin que agotase todos los resortes y posibilidades, nos dejó unos cimientos firmes y valiosos. Y ello con menguados, pero potentes recursos: la palabra, el ademán, un libro y un mapa mural.

Su compromiso con una manera de enseñar Geografía, que implicaba «andar y ver», le llevó a aceptar «guiar» un viaje de fin de carrera en 1975, que en pocos días recorrió parte de Francia, Suiza e Italia. Una prueba ingente para sus fuerzas, soportando las largas horas de viaje en autocar, los modestos alojamientos contratados, disertando sobre las zonas y lugares recorridos y respondiendo a las preguntas de los alumnos sobre la Geografía de Europa que nos había impartido un año antes.

Su amplio acervo de conocimiento le permitía sorprendernos con lecciones inesperadas y gratificantes. Guardo un lugar especial en la memoria para una sesión a las nueve de la mañana en la que, dentro de la asignatura de Geografía Urbana y fuera del programa previsto, nos despertó la curiosidad hacia una faceta de nuestra realidad urbana, a la vez cotidiana y de utilitaria función, pero fruto acrisolado de nuestra cultura. Improvisadamente comenzó a glosar un viejo librito conteniendo el callejero de Madrid, o mejor aún la toponimia de sus vías públicas. Pausada y reflexivamente nos desgranaba, entre sorprendidos y absortos, la riqueza y variedad de los nombres que la historia local había ido urdiendo y cuya permanencia evocaba expresiones y vivencias pasadas: cuesta, costanilla, pretil, glorieta, plaza, puerta, portillo, paseo, avenida, camino, ronda, travesía, carrera, callejón... fueron adquiriendo ante nosotros otra dimensión geográfica: sedimento de cultura y vivencia indisolublemente encadenadas. Toda una lección sobre un componente fundamental del entorno cotidianamente sentido, trascrito en el paisaje urbano a través de la rediviva y resistente rotulación que nos rodea, nos guía y, a la vez, nos ilustra. El efecto sorpresa y el atolondramiento juvenil quizá no nos hicieron percibir entonces el calado de aquellas reflexiones y comentarios, hasta que años más tarde, y ante la advección de corrientes de pensamiento geográficas bautizadas fuera –la geografía humanista–, constatamos que el entendimiento del espacio, vivido en el contexto cultural, había sido ya adelantado aquí cabalmente por un profesor clarividente.

No querría soslayar un obligado reconocimiento también hacia la tolerancia y talante abierto de nuestro común maestro, manifiesto, por ejemplo, en el respeto hacia las iniciativas investigadoras de sus discípulos. Distanciándose de lo que menudeaba en nuestra tradición universitaria, aceptó sin reparos amparar la aventura teórico-cuantitativa de una tesis doctoral como la de quien suscribe, bastante alejada de su trayectoria intelectual y preferencias.

Y para que esta glosa breve extienda las persistentes y beneficiosas lecciones de don Manuel de Terán, no me resisto a narrar finalmente otra, breve e intensa a la vez. Conducir un grupo de alumnos en una clase siempre conlleva ciertos riesgos y lances, inherentes a la interacción humana. De su saber solventar situaciones delicadas e incómodas, de una manera efectiva y exquisita, revivo una enseñanza para los docentes, que, como en muchas ocasiones, contiene otra de urbanidad –tan lamentablemente olvidada–. El escenario puede ser descrito en pocas palabras: un grupo de alumnos reducido, en un local pequeño (el seminario de la Cátedra), el profesor Terán explicando la lección y un estudiante que, entre displicente y despectivo hacia el acto académico, se dedicaba ostensiblemente a leer el periódico. ¡Cuántas veces un profesor ha tropezado con una situación embarazosa como esa en clase y la ha resuelto de forma lamentable! Don Manuel, con la sutileza que derrochaba, apenas necesitó gastar unas pocas palabras y un poco silencio. Enmudeció súbitamente... y ante nuestra perplejidad musitó una frase: «Disculpen Vds. que me calle, no quiero molestar a ese señor que está leyendo el periódico». Un poco más de silencio ¡atronador! ... y, el aludido, no resistió más las implacables miradas de los presentes y optó por el refugio de marcharse, huyendo de tan «hostil» entorno ¿Cabe una mejor relación entre la efectividad alcanzada y los medios utilizados?

Octubre de 2004