[Texto escrito con motivo del homenaje Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]
Acepto el desafío y recojo el guante, pero ya advierto: quien no entienda de nostalgia y ternura evite la lectura de este texto, ya que se trata de una semblanza intimista y repleta de cariño hacia un hombre que marcó mi vida profesional y personal desde los doce años, cuando por primera vez abrió ante mis ojos la gran ventana del mundo, como profesor de Geografía en el Instituto Beatriz Galindo de Madrid. A final de los años cincuenta muchos profesores impartían clases rígidas, acartonadas, grises; en cambio las suyas eran geniales y divertidas, daban lugar a prácticas imaginativas y vivas, mapas y gráficos coloristas, y los frecuentes trabajos de campo nos descubrían un entorno que, a pesar de rodearnos permanentemente, nunca habíamos visto, era casi mágico cómo sus comentarios lograban que calles que recorríamos a menudo se convirtieran en segundos en paisajes nuevos, colmados de pequeños elementos que daban el carácter diferenciador a ese microespacio urbano. En los estudios de licenciatura tuve la gran suerte de volver a recibir sus magníficas enseñanzas en la Universidad Complutense y, posteriormente, dirigió mi tesis doctoral. Desde mi propia experiencia y con unas pocas pinceladas, pretendo hacer un boceto de su figura como profesor, ya que sus publicaciones y los múltiples reconocimientos que alcanzó hablan por sí solos de su valer científico, y hay numerosos especialistas que pueden glosar su significado con mayor autoridad y precisión.
No puedo dejar de evocar un pequeño detalle que siempre me llamaba la atención: cada año en los albores de la primavera aparecía don Manuel en el seminario de Geografía con pequeños jarrones de cristal que contenían bulbos de narcisos y jacintos a punto de brotar, y los colocaba con esmero sobre las funcionales y frías mesas de estudio de hierro y formica. La búsqueda de lo estético en la vida cotidiana le era imprescindible y solía decirnos al hablarnos de geografía social: «La pobreza conlleva la pérdida del derecho a la alimentación, a la vivienda, a la educación, a la dignidad humana, pero también la pérdida del derecho a lo bello».
Además de las lecciones magistrales, las vías que empleó para formar a alumnos de secundaria, universitarios y de postgrado fueron el método peripatético aristotélico y el fomento de la enseñanza recíproca. También utilizaba la lección ocasional cuando las circunstancias lo hacían conveniente; si la nieve golpeaba los cristales del aula de la facultad, suspendía sus explicaciones de geografía urbana y llenaba la pizarra de dibujos y anotaciones sobre ese fenómeno meteorológico, o si sucedía algún hecho político o social de especial trascendencia, frecuentes en torno al final de los sesenta y la siguiente década, dedicaba la clase a ello y tomaba postura sin ambages, despertando nuestras aletargadas conciencias, lo que le costó más de un disgusto y la irrupción en el aula de energúmenos de extrema derecha que llegaron a zarandearle delante de sus atónitos alumnos.
Pero, cuando la fuente de su saber se desbordaba más generosamente y manaba fluida hacia nuestros ávidos cerebros juveniles, era durante las sesiones de supervisión de tesis, aparentes diálogos informales, relajados, sin prisas, que eran modélicos ejemplos de discusión socrática. En esos minutos que dedicaba a cada uno en exclusiva, sin prisa, mientras mordía y acariciaba una pipa que rara vez echaba humo, nos transmitió contenidos, nos reveló procesos y nos enseñó a investigar en Geografía.
Esa labor de dirección la realizaba algunas veces en el departamento de Geografía de la Universidad Complutense, muchas otras en su propio domicilio (gran trastienda del sabio, donde los libros se adueñaban impunemente de estantes, mesas, sillas, sillones, pasillos... haciéndolos inutilizables) y las más en el antiguo Instituto Elcano, en aquel momento situado en la planta superior del edificio central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). El lugar preferido para esa actividad docente no era su despacho, igualmente invadido por los libros, sino un sillón que formaba parte de un tresillo situado en medio de un pasillo sereno y luminoso, con amplios ventanales al oeste, que recogían la dorada luz del final de la tarde.
Allí acudíamos los becarios y otros doctorandos buscando ayuda, orientación y apoyo en la lógica inseguridad de los primeros trabajos de investigación. Este insólito corredor fue testigo silencioso de su magisterio y en él muchas tesinas y tesis nacieron, tomaron forma o recibieron el definitivo visto bueno del supervisor.
Te ayudaba a elegir el tema de tesis que pudiera apasionarte hasta la obsesión, y te hacía creer que tú mismo lo habías escogido, cuando realmente gran parte de esos temas fueron investigaciones que él mismo hubiera querido hacer, que consideraba que era preciso estudiar, y que te legaba como un don y a la vez como un compromiso. Jamás imponía tema, método o criterio. Con gran respeto a nuestro titubeante proceso, con paciencia, ironía y sin humillar, intentaba elevarnos a su altura, nos guiaba imperceptiblemente por caminos cuyo puerto final él vislumbraba y nosotros aún no éramos capaces ni de imaginar, unos perdidos en una maraña de tablas de datos estadísticos, otros luchando por extraer información de un medio complejo y hermético. Sugería, insinuaba, preguntaba, pero era el propio doctorando el que con la «aguja de marear» en documentos y en el medio debía no perder el norte y alcanzar sus propias conclusiones.
Cumplió a la perfección todas las funciones que la literatura especializada adjudica a un supervisor de tesis: director, consejero, guía, crítico y apoyo, estimulando nuestro interés y mostrando satisfacción en los avances, siempre con mano firme y suave gesto. Rara vez enseñó directamente técnicas, y sólo en contadas ocasiones ofreció datos o fuentes concretas, que nos hubieran hecho el trabajo más fácil y rápido, aunque menos formativo, sino que lanzaba ideas y preguntas aparentemente desordenadas pero que espoleaban la curiosidad y eran dardos certeros en la diana de la investigación e incitaban a la búsqueda de nuevos enfoques y fuentes inéditas. Nos enseñaba a preguntarnos adónde llegar y cómo conseguirlo, y teníamos que encontrar la solución solos, con el apoyo de las lecturas que proponía, siempre interesantes, apropiadas y de máxima actualización ―«el primer año sólo lea, sería bueno que leyera estos artículos y luego los discutimos»―. Así lograba el objetivo final de toda tesis, que es formar investigadores autónomos, que puedan dirigir sus propias investigaciones y las de otros, y no la mera comprobación de hipótesis. Pero lo más importante es que transmitía pasión por esa labor, ilusión, rigurosidad, y hacía que entendiéramos que el oficio de investigar tiene mucho de creatividad, precisa sosiego, sedimentación, tiempo, poso, ritmo, a veces soledad, otras cooperación o dialéctica, y en algunos momentos febril desesperación.
Otra actividad que promovía y considero fundamental en la formación de futuros investigadores eran las sesiones conjuntas de doctorandos, la mayoría de ellos becarios de la Universidad Complutense, Elcano o profesores de las universidades madrileñas. Con asiduidad cada uno de ellos debía exponer el estado de la cuestión en la geografía mundial y los resultados parciales de sus investigaciones, así como las fuentes utilizadas. Esto desarrollaba habilidades complementarias como hablar en público, exponer conclusiones de forma sintética y clara, debatir, etc., y permitía el movimiento horizontal de información y el aprendizaje mutuo, compartir el saber, e incluso favorecía la competencia saludable. En la actual situación de insolidaridad y brutal competencia laboral quizás no sería viable o no todos jugarían con la misma honestidad.
Nos regaló las mayores riquezas que puede donar un ser humano: las horas de su escaso tiempo de vida y la esencia de sus conocimientos, ejemplo de lo que los anglosajones denominan scholarship o síntesis de alto nivel. Si grande es mi admiración por don Manuel como geógrafo, científico, académico y maestro, aún es mayor mi agradecimiento por su generosidad, sin pedir jamás nada a cambio, ni siquiera fidelidad. |