[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]
Una tarde de septiembre de 1970 me recibía don Manuel de Terán en su despacho del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para plantear la posibilidad de realizar mi memoria de licenciatura y tratar del tema de la misma. Le pedí que fuese mi director y él amablemente aceptó. Así comenzó una década de privilegiada formación personal y académica dentro del grupo de profesores e investigadores que Terán dirigía a elegante distancia, sin presión pero sin descuido, tanto en el departamento de Geografía Humana como en el Instituto Juan Sebastián Elcano del Consejo. En los dos centros me integró de inmediato, como ayudante de cátedra en el primero y como becaria de investigación en el segundo.
Soy testigo de la alta consideración que el profesor Terán tenía entre los numerosos componentes de la última promoción de la licenciatura de Filosofía y Letras. Enseñaba entonces de manera atractiva y persuasiva una geografía de carácter general y otra sobre África en dos cursos que se me antojaron tan cortos que decidí, si era posible, continuar con sus enseñanzas a través de la dirección de la tesina. Pero los alumnos recién licenciados que nos decidimos entonces a seguir con él no éramos muchos y desde la vehemencia de la juventud me asombraba, casi me irritaba, la aparente contradicción entre la alta valoración que tenía entre los compañeros y los pocos, comparativamente, que decidían realizar los estudios de postgrado bajo su dirección. Más tarde he ido entendiendo este hecho, y otros muchos, y el ejemplo de la trayectoria personal de Terán ha contribuido sin duda a suavizar mi juicio. Cuando ahora se nos solicita hacer una semblanza del maestro, ésta se filtra inevitablemente entre el conjunto de vivencias personales, ahora recuerdos, intensamente marcadas durante la década que empieza con la redacción de la tesina y termina con la lectura de la tesis doctoral en 1979, estando don Manuel ya jubilado.
Él se interesaba siempre por la vinculación geográfica, por el lugar de procedencia, de sus alumnos a la hora de plantear la primera investigación; pretendía con ello que la cercanía y la vinculación emotiva con el territorio suavizara el esfuerzo. El alumno podría conseguir así de manera más fácil el estado mental de obsesión por el tema elegido, pues ―como solía repetir― «con el tema de estudio hay que obsesionarse». En un principio me propuso una investigación de carácter regional en la provincia de Soria, pero aceptó que fuera la ciudad de Madrid el escenario elegido, de modo que llevé a cabo mi primer trabajo de investigación sobre el barrio de la Paloma en el casco antiguo de la capital. El estudio se centró en la morfología y la estructura social del barrio aplicando el método inspirado en la geografía urbana de la escuela francesa que ya había sido ensayado de forma muy fructífera por Eduardo Martínez de Pisón en el barrio de Cuatro Caminos, cuya experiencia me resultó de gran ayuda.
Terán ejercía de maestro en el sentido más íntegro de la palabra. Llevaba a cabo al principio y durante un tiempo corto una formación muy dirigida y personalizada, pero enseguida fomentaba la madurez y la independencia dando responsabilidades y libertad de acción. Era receptivo, apoyaba las iniciativas y dejaba hacer a su grupo colaborador. Conservo un recuerdo especial de mis encuentros con él durante la preparación y redacción de la tesina porque en gran medida personalizó el trabajo: yo hice mío el barrio de la Paloma y me obsesioné con su interpretación y él creo que disfrutó recordando su magistral estudio de la vecina calle de Toledo. Por deseo suyo recorrimos juntos el barrio una mañana de domingo y aprendí de él y con él la adecuada forma geográfica de mirar la ciudad. Íbamos tomando notas del trazado viario, del caserío, de los palacios y las casas de corredor, de los comercios tradicionales que abundaban entonces, de todo lo que podía ayudar para definir la personalidad funcional del barrio, que pusimos en orden en un café de la Cava Baja al final de la mañana. También me enseñó Terán desde el principio el modo de hacer la adecuada escritura de un texto: parte de la corrección final de la tesina, sobre todo la introducción, la hizo en su casa en mi presencia, escribiendo yo a máquina los párrafos que, mejorados, me dictaba. Estos encuentros largos entre maestro y discípula no volvieron a producirse. Me incorporó a su cátedra y al grupo de ayudantes que colaboraban con él en el departamento de Geografía General, dando por supuesto que sabíamos lo que había y debía hacerse.
Cuando se planteó la tesis doctoral, don Manuel me propuso dos posibilidades: proseguir con la línea de investigación, iniciada por Eduardo Martínez de Pisón y Aurora García Ballesteros y centrada en el estudio de las ciudades de la región centro, analizando la geografía urbana de Ávila, o bien continuar profundizando en la realidad madrileña. Me decidí por esta segunda opción, aunque el interés se centraba ahora en la periferia de la capital, que había sufrido en los años sesenta y primeros de los setenta un fuerte crecimiento residencial e industrial. El distrito periférico de Villaverde, el más industrial de la ciudad, fue el elegido y Terán me señaló como modelo y apoyo las investigaciones que los geógrafos franceses estaban realizando sobre las banlieues de las principales aglomeraciones urbanas del país vecino.
En la evocación de estos hechos no hay sólo reconocimiento o agradecimiento al maestro, sino el deseo, la necesidad, el intento de hacer propias la finura y la dimensión ética de su pensamiento humanista. Es esta faceta de su persona, la del intelectual de gran cultura, la del humanista universal, la del pensador independiente la que más ha calado entre los que le conocimos. Formó parte de una generación de personalidades sobresalientes, poco o nada laureadas, si no ignoradas, por las instituciones del momento, pero que se reconocían y admiraban entre ellas. Julián Marías consiguió reunir a muchas de estas figuras insignes en Soria en lo que más tarde recordaría como «aquella aventura intelectual». Se trataba de los Cursos de Estudios Hispánicos que se desarrollaron durante los veranos de 1972 a 1977 en esta ciudad castellana. Tuve la ocasión de escuchar alguna de las conferencias abiertas de estos cursos y de saludar a Terán fuera del departamento y en mi tierra. Participó en cuatro de estos cursos junto a Fernando Chueca Goitia, Luis Díez del Corral, Enrique Lafuente Ferrari, Rafael Lapesa, Francisco Ynduráin, Emilio Alarcos y Miguel Delibes, e impartió conferencias y lecciones que son exponentes de la amplitud de sus conocimientos y de su inquietud intelectual. Emilio F. Ruiz (Celtiberia, 1997) nos las ha recordado 20 años después y testimonio de ello son sus títulos: «Realidad y expansión de la geografía española en el último cuarto de siglo», «Los años de aprendizaje de Antonio Machado. Su relación con la Institución Libre de Enseñanza», «La España del siglo XVIII, vista por sus viajeros» y «La personalidad geográfica de Castilla».
Han pasado muchos años desde mi primer encuentro personal con Terán, sigo impartiendo docencia en el edificio de la facultad de Geografía e Historia y tengo mi despacho en la renovada planta 12, en la zona misma en la que don Manuel tenía el suyo, junto al seminario en el que impartió sus últimas clases. Tras su jubilación, el difícil, a veces ingrato e injusto, funcionamiento académico dispersó en pocos años a una parte significativa del núcleo último de colaboradores de Terán. A los que permanecimos y a los que salieron nos une sobre todo la forma de mirar el mundo que de manera tan honda nos transmitió el maestro.
Octubre de 2004
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