En memoria del profesor Manuel de Terán
Concepción Sanz Herráiz
Profesora titular de Geografía Física
Universidad Autónoma de Madrid

[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

Conocí a don Manuel de Terán como profesor en los últimos cursos de la licenciatura, cuando ya faltaba poco para su jubilación. Un grupo importante de mis compañeros de curso éramos entusiastas de Terán y de alguno de los discípulos que trabajaban allí con él, especialmente de Eduardo Martínez de Pisón, que impartía un seminario de clases prácticas de Geografía Física. El despacho de Terán y el aula de seminarios y reuniones estaban arriba, al final del pasillo del piso 12 de la actual facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense. Recuerdo la luz deslumbrante del entonces amplio pasillo del citado piso 12 y el contraste con la oscuridad del casi siempre enclenque ascensor que, cuando funcionaba, nos llevaba hasta las cumbres del edificio; y la figura de Terán, ya mayor, con su traje negro o su gabán del mismo color caminando el pasillo para llegar a su despacho; sus escasas palabras de saludo a los que estábamos trabajando en el seminario y su sonrisa afable.

Los últimos años de su magisterio Terán impartía clases de Geografía Urbana, dirigía las tesis de Rafael Mas, Dolores Brandis, Nicolás Ortega, Casildo Ferreras... sin embargo, en torno a él, sus discípulos, investigaban y enseñaban muy diversas ramas de la Geografía. Aquellas prácticas de laboratorio de Eduardo Martínez de Pisón, en las que colaboraban otros profesores del equipo de Terán como Julio Muñoz, Isabel del Río, Ángela Redondo, etc, se completaban con «trabajos de campo». Nuestro curso, en el que se encontraban algunos de los actuales profesores de Geografía Física como Teresa Bullón o Francisco Alonso y otros de Geografía Humana como Ana Olivera, unido a los del curso anterior, en el que estaban Rafael Mas, Javier Espiago, Juan Sanz, Francisca Álvarez, Paquita Rubio, etc, asistíamos con verdadero entusiasmo a aquellos «trabajos de campo». Empezamos en ellos aprendiendo a través de las explicaciones de nuestros maestros de entonces, especialmente Eduardo Martínez de Pisón, y terminamos haciendo nuestra propia investigación. Terán era un investigador «de campo», su obra geográfica está llena de descripciones expresivas de su conocimiento directo de la realidad.

En su despacho del Instituto Elcano, también entonces en el último piso del noble edificio de la calle Serrano, recuerdo haber leído a Don Manuel de Terán algunos textos que yo había escrito, especialmente el de mi primera conferencia en la Fundación Universitaria Española (1977) o aquél del «Significado de la Región natural», para la Asociación de Geógrafos españoles. Terán escuchaba atentamente, sentado en su sillón, frente a ti y al final hacía sus observaciones: juicios, críticas, consejos... La mirada del profesor era inteligente y profunda, la recuerdo muy bien.

Solamente una vez fui a casa de Terán. No recuerdo el motivo, creo que fui a llevarle algo, un texto probablemente. Ya se había jubilado. Me estaba esperando. Me hizo sentar y conversamos un tiempo. Como era su costumbre, según había oído yo a sus discípulos más reconocidos, tenía un libro suyo para regalarme, era Diálogo con la Tierra. Peregrinaciones de un geólogo por el mundo y por la vida, de Hans Cloos. Yo ya había presentado mi tesina sobre el paisaje de la Pedriza de Manzanares, dirigida por él y por Eduardo Martínez de Pisón, y me encontraba realizando mi tesis doctoral sobre el relieve de la Sierra de Guadarrama. Me dijo que pensaba que me gustaría aquel libro.

En las primeras páginas se recoge una pequeña nota, una selección de la presentación que del mismo hizo A. Cailleux en la versión original en alemán, en ella se dice: «¿Recuerdos de un geólogo? Mucho más. Una miscelánea inusitada y singularmente atractiva de detalles técnicos [...] y de meditación lírica, pues este especialista de las rocas es también un poeta, y, además un artista, como lo atestiguan los dibujos, admirables por su precisión, claridad y sentimientos». Cuando llegué a casa y abrí el libro me encontré por primera vez con las fotografías y los dibujos de Cloos de la Sierra Nevada californiana. Leí el libro como si se tratara de una novela con una trama intensa, de día y de noche; salté algunos capítulos, pero me detuve y releí los dedicados al granito, todavía acudo a ellos alguna vez.

También me regaló don Manuel una gran carpeta verde de plástico que contenía muchas traducciones al castellano que se habían hecho en el Instituto Elcano sobre textos científicos relacionados con el paisaje; artículos de autores alemanes y rusos. He utilizado en ocasiones estas traducciones y, algunas de ellas, debidamente corregidas, fueron incorporadas por mis amigos Josefina Gómez Mendoza, Julio Muñoz y Nicolás Ortega a la compilación de textos que se incluye en su magnífica obra sobre El pensamiento geográfico.

Agradecí mucho a Terán sus regalos aunque no le pude expresar la emoción que me produjo aquella visita; aquel encuentro al que yo iba como simple recadera, a entregar algo que me habían dado otros, y en el que me encontré con la gran humanidad de don Manuel de Terán, con el afecto de aquel profesor, ya anciano y algo enfermo, hacia el que yo sentía un respeto y admiración enormes, que había pensado en mí y había elegido de entre sus cosas aquello que él sabía que me podía interesar más. Recuerdo que hablamos de mi tesis y del paisaje, recuerdo vagamente la conversación, aunque lo que mejor recuerdo es la sensación que tenía mientras bajaba las escaleras de su casa, me parecía que don Manuel me había tratado como yo sabía que trataba a sus discípulos y me sentía feliz y orgullosa por ello. Pensé que alguna vez tendría que elaborar algo con estos materiales en agradecimiento por aquella confianza  que el profesor había puesto en mí... Volví a la puerta de aquella casa el día de su muerte y, en aquel momento, mientras compartía con todos sus discípulos el gran dolor que nos produjo su pérdida, recordaba mi anterior visita.

El día que don Manuel se despidió de la Universidad pronunció un discurso sencillo, lleno de espontaneidad y belleza. Contó cómo había vuelto a las aulas cuando estaban vacías y se había paseado por ellas para ver cómo eran aquellos espacios sin alumnos. Realmente los alumnos seguían asistiendo y llenando las aulas aunque éstas estuvieran vacías temporalmente, los que desaparecen son los profesores, cuyo recuerdo perdura poco en el aula porque los alumnos se renuevan, son otros. Los que verdaderamente recuerdan son los discípulos; la ausencia de don Manuel en la Universidad produjo entre nosotros una cierta orfandad, un desamparo, no se puede expresar bien pero era un sentimiento compartido que nos unía bastante a los que estábamos allí, en el piso 12, al fondo del pasillo. Le seguíamos viendo en su despacho del Elcano; yo le encontraba a veces por la mañana temprano paseando por la calle Isaac Peral, cerca del Hospital Clínico, donde en aquella época yo tenía que ir frecuentemente por motivos familiares. Ya se iban enrareciendo sus visitas al Consejo y yo subía aquella calle, desde el metro de Moncloa, buscando su figura cansada. Intercambiábamos algunas palabras, un saludo sencillo. No obstante, alguna vez me dijo cosas que me hicieron pensar en el sufrimiento que le producía su enfermedad y también en las reflexiones profundas que mantenía a lo largo de aquellos paseos matinales, entre el bullicio de la gente que subía y bajaba incansable por la calle.

Septiembre de 2004