[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]
Siempre es una llamada a la humildad constatar cómo las cosas materiales nos sobreviven.
Cuando desaparece un ser querido sus objetos, utensilios, herramientas, cacharros, caprichos y cachivaches, que tan naturalmente se acoplaban a su rutina cotidiana y que construían un entorno lleno de sentido, aparecen de repente como un coro de restos inertes que con insolente corporeidad nos recuerdan la fugacidad de nuestra condición.
Todo el que ha desmontado un hogar familiar conoce el vértigo y la ambigua emoción que provocan los ecos de las cosas, tan impregnadas de recuerdos. En este proceso normalmente se conservan los objetos más queridos e íntimos y todo lo demás toma nuevos rumbos y se acomoda en nuevos contextos, generalmente entre los sectores jóvenes de la familia.
A mí me llegó una de esas cosas prácticas, oportunas y con alto valor sentimental y también, por qué no, histórico: el escritorio del ilustre geógrafo don Manuel de Terán Álvarez, mi abuelo, sobre el que escribió gran parte de su ingente obra.
Ahora está en Granada, en un cortijo frente a espléndidas montañas en un entorno completamente rural, paradójico destino, pues mi abuelo a pesar de su conocimiento de la naturaleza era un «homo urbanitas matritense» empedernido.
Sobre el tablero brillan dos pantallas TFT, un ratón inalámbrico con luz roja, disco firewire con luz verde, un hub con lucecita azul, interfaz MIDI con lucecilla amarilla, muchos cables (sin luces), DSP, conectores ADAT y SPDIF, entre otros artilugios de la moderna pirotecnia informática. Los cajones almacenan CD ROM, CD-R, CD-RW, y DVD. Por lo demás, y quitándole bytes como polvo, está exactamente igual que como lo dejó mi abuelo.
El escritorio es un simple tablero de castaño de dos por un metro que descansa sobre dos recias cajoneras. La madera es oscura y el conjunto no tiene el más mínimo ornamento. Es humilde y austero como lo fue mi abuelo y no alberga ningún cajón secreto.
Observándolo más detenidamente descubrimos la peculiar geografía de su superficie, labrada por años de intenso trabajo. Se combinan en ella manchas de tinta, quemaduras de brasa de tabaco, ralladuras y arañazos, zonas de erosión por roce de papel... Si utilizara mis más finos sentidos diría que todavía se aprecian millones de letras impresas sobre la epidermis de la madera y en una visión holográfica el escritorio rebosaría pensamientos.
La madera huele a espesa nube de humo, el humo sustancioso y aromático de la pipa que acompañaba las reflexiones de mi abuelo y que como una neblina envolvía las altas cumbres en las que se perdía. También desprende un persistente olor a papel amarillento, como si estuviera macerada en el intenso aliento de los volúmenes que poblaban su despacho. Todo ello se condimenta con el sutil aroma del polvo de un Madrid histórico.
El escritorio también resuena con sonidos madrileños, ecos donde se funden el rumor incesante de los coches que circulaban por Isaac Peral, con la algarabía de los pájaros que poblaban el precioso parque de la Residencia de profesores y que acudían a las ventanas y balcones donde mi abuela dejaba migas. Muchas horas jugué en ese parque animado por la alegría infantil de mi abuela Fernanda, que contrastaba con la lejanía en que parecía hallarse mi abuelo, recluido entre libros y volutas de humo. En el silencio de su retiro también resonaba el pertinaz e inexorable pulso de un reloj de pared. De niño, ese recordatorio de un transcurrir que yo no sentía me producía una extraña ansiedad. Tardé tiempo en comprender por qué el abuelo movía su mano en el papel a ritmo de metrónomo.
Cuando se hacía visible mi abuelo tenía un extraño sentido del humor que nos desconcertaba. A veces, cuando nuestro griterío interrumpía su labor, salía de su despacho agitando un abrecartas en la mano y diciendo muy serio y gesticulante «¡os voy a mondar!», lo cual no sabíamos cómo interpretar, así que huíamos despavoridos entre risas para regresar al rato a tentar al oso en su cueva, quien también parecía divertirse con el juego.
Aunque no era muy chiquillero, sí era muy cariñoso, si bien nos definió alguna vez con admirable precisión de lenguaje como «los buitres», dada la avidez con la que devorábamos los aperitivos y meriendas que nos traía de la calle. La cosa quedó en «los guitres» tras las adaptaciones lingüísticas que introdujeron los nietos mas pequeños. En cualquier caso nunca dejó de echarnos de comer abundantemente, pues disfrutaba enormemente con el espectáculo.
Familiarmente mi abuelo era identificado como un sabio despistado, pues tantas veces estaba absorto en su labor o pensando en ella, que se le escapaban otras realidades. Sin embargo, sus realidades me resultaron atractivas desde niño. Recuerdo mis viajes imaginarios absorto en la lectura de un pequeño libro de grueso papel, con sugerentes ilustraciones a plumilla y con título La Epopeya Polar, autor Manuel de Terán. Además de conocimiento me llenaba de orgullo. Máxime cuando yo era el único nieto varón, portador del apellido y encima con el mismo nombre. Consultar sus libros de geografía para trabajos escolares era normal en casa; me producía una gran satisfacción leer esos textos claros, precisos y evocadores, con las fotos y gráficos que los acompañaban, ¡y con mi nombre impreso!
Como sabio le escuché en numerosas ocasiones, con solemnidad y respeto, atento a sus cansados ojos tras grandes gafas y pobladas cejas, aunque no siempre entendí su mensaje en el momento.
Cuentan mis padres que en una ocasión siendo yo niño y no demasiado estudioso, el abuelo me habló un día, solemnemente y con magisterio, sobre los beneficios y virtudes del estudio, sobre el valor del tesón y el esfuerzo, con el «dale duro y duro dale» como leit motiv característico. Como metáfora del aguante y perseverancia frente a la adversidad utilizó la imagen de unos zapatos apretados que aunque duelen, sin embargo, no impiden continuar andando hasta que se doman. Cuando mis padres me preguntaron sobre tan trascendental conversación, concluí: «no, nada, que me tengo que comprar unos zapatos que me aprieten».
No creo que fuese como reacción a tal consejo, pero el hecho es que pasé algunos años de mi juventud con pie holgado en zapatillas de deporte. Mi España ya no apretaba tanto como la suya y los jóvenes buscábamos consejos más hedonistas. La Real Academia no sabía nada de jergas juveniles y nosotros nos quitábamos los zapatos para ir descalzos.
Sin embargo, y tras la rebeldía, mi natural atracción por la actividad intelectual y el conocimiento me hizo redescubrir a mi abuelo desde un punto de vista adulto. Tendría yo alrededor de los 18 años, cuando escapando del tedio madrileño acudía con frecuencia a visitarle, pues su pensamiento y memoria guardaban riquezas intemporales que me fascinaban y no podía permitir que el privilegio de tener un abuelo bi-académico me fuera arrebatado por el tic tac de su reloj de pared.
Fueron muchas conversaciones en las que su narración me transportó (y a él también) a diferentes ambientes y temas: el Madrid de la Residencia de Estudiantes, los problemas de España, los surrealistas (sentía gran simpatía por Buñuel), las vanguardias de París, recuerdos e impresiones de personajes ilustres (¡hasta algún recuerdo de Valle-Inclán!). Él añoraba ese periodo cultural y yo también. Además hablábamos de historia y de culturas y cuando cursé estudios de árabe, encontré en él a un buen conocedor de la cultura islámica que me obsequió con valiosas aportaciones bibliográficas y algunas muy fundamentadas apreciaciones.
Era muy escéptico para todo lo que se escapaba a la ciencia, por lo que temas esotéricos y especulaciones bizantinas quedaban fuera. Tampoco recuerdo haber hablado de Dios o religión. Hablamos algo de filosofía, bastante de literatura, poco de geografía (yo no era muy científico), muy poco de música (él no era muy músico), algo de análisis políticos, a retazos sobre la dictadura, casi nada de la guerra civil, absolutamente nada de fútbol.
De su habla recuerdo como característica la debilidad ―y por ello resultaba muy amable―, la regular interrupción de sus frases con un lacónico «¿verdad?» ―que descubría su duda metódica― y el comodín «tal y tal» para resumir un montón de datos redundantes e irrelevantes, lo que agilizaba su discurso. Un discurso que abarcaba un gran espectro de matices y que era expresado en un rico castellano, plagado de cultas referencias y doctos análisis.
Nunca fue moralista o dogmático en sus juicios pero sí muy mordaz. Siempre mostró una gran agudeza para señalar y ridiculizar las contradicciones de sus contemporáneos, a lo que añadía un acusado sentimiento trágico de la vida que entroncaba con las más auténticas esencias españolas de la pena y la risa negras.
Recuerdo a una emperifollada dama de alta alcurnia, por azar sentada a su lado en una comida campestre de sociedad que, sin dejar de atosigarle contando las monerías de su diminuto y cursilísimo perro, tuvo que encajar horrorizada esta inocente broma: «señora, ¿este perro es de los que se comen?».
Por supuesto que también me hacía reír cuando hablábamos de actualidad, de los nuevos usos del lenguaje, de las nuevas actitudes sociales... Me parecía especialmente acertada su descripción de ese vicio tan moderno de quejarse por todo, principalmente en televisión: elevar el problema doméstico a queja universal reivindicando soluciones ante un público anónimo resultaba, ciertamente, un desahogo cómico para alguien de una generación que poco había podido quejarse y que se había tenido que calzar apretando fuerte. Parodiando irónicamente este tipo de actitudes decía: «Yo protesto yo protesto, porque soy un protestón».
Anécdotas aparte, también le debo importantes descubrimientos literarios que todavía acompañan mi vida. Destacaré el libro de André Gide Los alimentos terrestres, debido a la sorpresa que me causó la admiración que profesaba mi abuelo por este texto tan inclasificable y exuberante. El canto a la sensualidad y el ardoroso entusiasmo que rebosa su prosa no me encajaba con la austeridad rigurosa del científico que yo conocía. Fue entonces cuando descubrí al sensible poeta que mi tímido, frágil, melancólico, pero también férreo e incombustible abuelo llevaba dentro.
Murió de repente. Pero dejó muchas huellas.
Como esta mesa que ha encontrado acople en mi vida y que continúa siendo un recio tablón sobre el que labrar el pensamiento.
Cada surco de su madera me habla de trabajo, esfuerzo y frutos.
Y, ¡ay abuelo Manuel! Que no te quepa duda de que me aprietan mucho los zapatos y que no los siento cuando me entrego, como tú, apasionadamente a mi labor.
No espero sin embargo escalar a la altura de la tuya.
Porque no sé si tu mesa me sobrevivirá, pero innegablemente tu trabajo sí.
Granada a 9 de noviembre de 2004 |