[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

Ahora que se cumple el centenario de nuestro padre, nos han pedido unas palabras sobre nuestra madre, ya que no se puede pensar en uno sin el otro. Nos ha sido muy fácil preparar este texto dado que madre, Fernanda Troyano de los Ríos, nos dejó muchos escritos sobre todo tipo de recuerdos acumulados durante su larga vida (98 años), y de ellos hemos entresacado algunas líneas que citamos literalmente. Son recuerdos de niñez y de su vida con padre, a la vez que un retrato de la época en que vivieron.
«Durante mi larga vida (¡91 años!) han tenido lugar los acontecimientos, inventos y descubrimientos más extraordinarios y maravillosos. En mis tiempos se ha pasado de viajar en diligencia a llegar a la luna en naves espaciales; de enviar los comunicados por medio de una persona (el dador) al fax; de las cocinas de leña o carbón al microondas. Y tantas cosas que entonces nos hubieran parecido fantasías; la radio, la televisión, y todo el mundo de la informática... Cuando vuelvo la vista a mi infancia veo un Madrid que no se parece nada al actual, y no me refiero a su gran crecimiento en extensión y habitantes, sino por el cambio tan total y asombroso del ambiente. Veo un tráfico enloquecido. En mis tiempos la calle era de los peatones. Había pocos autos, como decíamos, y pocos tranvías que eran el transporte público, así que todo el mundo andaba mucho».
Nuestra madre recuerda el ambiente pintoresco de la calle, sobre todo por la mañana cuando iba con sus hermanos al colegio, un camino que recorría cuatro veces al día puesto que los niños comían en casa: vendedores de pescado, de fruta, de sedas y cintas, aguadores… cada uno con su pregón ingenioso y gracioso. Es un Madrid que padre conocía muy bien y que reflejó en su obra. Madre recuerda también las familias tan numerosas que compartían las viviendas: padres, hijos, abuelos, tíos solteros, más doncellas, cocineras, amas… todo un personal necesario para mantener casas donde no había ni agua caliente, ni aparatos eléctricos. Muy importante en la vida familiar eran los amigos y las tertulias, «que eran siempre después de cenar y acudía gente de diferente edad; por eso las había de diferente estilo... A las que iban mis padres acudían políticos, escritores, intelectuales en general. Allí llegaban noticias que aún no habían salido en la prensa, se propagaban bulos, se comentaba la nueva novela, el último concierto, el reciente estreno en el teatro, se comparaban los cantantes de ópera con los de la última temporada y era una ocasión para que las señoras lucieran sus trajes más elegantes».
Las tertulias traen el recuerdo de los veraneos en Soria de la familia Terán, cuando nuestro padre se reunía con José Tudela, Julián Marías y otros contertulios, entre ellos alguna vez Ortega y Gasset, formando «una tertulia en la Alameda a la sombra de centenarios y gigantescos árboles», tertulias de las que gozaba tanto nuestro padre. Fueron pocos años porque padre quería que conociéramos distintas partes de España y elegía para los veraneos sitios diferentes.
Enlazando con recuerdos escolares, madre, que compartió tanto con padre el amor a la enseñanza, escribe: «¡Imaginaos lo que debió de ser la aparición de la Institución Libre de Enseñanza!… Recuerdo perfectamente a tío Paco (don Francisco Giner de los Ríos) […] tenía una simpatía especial, un extraño atractivo […] Soñaba con “un nuevo florecer de España” y pensaba que para empezar había que reformar la enseñanza […] Se apoyaba en ideas nuevas de convivencia, tolerancia, respeto a las creencias y costumbres ajenas. La enseñanza tampoco era convencional, era más práctica, hacían excursiones, visitaban monumentos y museos… Además de todas estas innovaciones asistían chicos y chicas. Aquella escuelita se llamaba Institución Libre de Enseñanza y fue el germen de la renovación cultural de España».
«La Institución ocupaba un viejo caserón en el paseo de Martínez Campos, entre un convento de frailes y un colegio de monjas. Tenía dos plantas y detrás un jardín. En la planta baja estaban las clases y arriba vivían don Francisco y sus dos discípulos». Madre describe a la familia Cossío y a tantos otros amigos. Describe también la Institución, decorada de acuerdo con el gusto austero del «tío Paco, que trataba de inculcar a sus seguidores el gusto por lo bonito y decorativo […] demostrar que un puchero de barro puede tener más gracia que una porcelana de Sajonia […]. Muebles de pino, cortinas de una tela popular (jarapas) por alfombra, mantas zamoranas, butacas de mimbre con almohadones de tela con florecillas, y en vez del acostumbrado sofá, un gran banco de pueblo con su colchoneta de tela, y en el comedor, en lugar de la típica exhibición de plata, cacharros de diversas procedencias: Talavera, Alcorcón, Puente del Arzobispo…». Un estilo que caracterizaría la casa de nuestros padres, donde la cerámica popular y variados utensilios de distintos lugares de España que traía padre de sus viajes han sido siempre motivo de decoración.
Nuestros padres se conocieron en el Instituto Escuela. «Cuando tuve mi título de maestra entré en el Instituto Escuela, de reciente fundación, al que asistían como alumnos mis hermanos. […] Casi no nos pagaban, pero estábamos tan orgullosos de colaborar en tan moderna e importante empresa, que no nos importaba. Más bien estábamos agradecidos por haber sido admitidos. Allí conocí a Manuel de Terán, que daba clase a los alumnos de bachillerato mientras preparaba oposiciones a cátedra de instituto. Cuando las sacó, nos casamos (1930) y nos fuimos a Calatayud». Un año después nuestros padres volvieron a Madrid y al Instituto Escuela.
Recordando el verano de 1936, que la familia pasaba en San Rafael, nuestra madre escribe: «El día 18 (julio) bajé muy contenta a la estación a esperar a Manuel, pues era sábado, y allí me dijeron que los trenes no habían salido de Madrid, que parecía que se había sublevado el ejército y que iban a armar al pueblo». Nuestros padres pasarían tres años separados, madre con los niños en Segovia y padre solo en Madrid. «Manuel lo pasó peor, primero en Madrid y luego en Valencia, y además perdió dos hermanas». Entre las personas que contribuyeron a hacer llevaderos aquellos años a nuestra madre está Jimena Menéndez Pidal, amiga desde la infancia, que una vez terminada la guerra y de vuelta en Madrid, fundó el colegio Estudio. Madre estuvo entre los profesores fundadores y nosotras y nuestros hermanos entre los primeros alumnos. Para entonces, padre había recuperado su cátedra de instituto, donde formó a muchas alumnas.
A madre siempre le interesó el trabajo de nuestro padre y con frecuencia le ayudaba. A veces le leía e iba marcando las páginas de los libros que él le indicaba y sobre las cuales trabajaba más tarde. Así surgió Hacia las cumbres, el libro que madre escribió y publicó en 1988, sacando inspiración y material de los libros que padre traía a casa para preparar sus discursos de entrada en las Academias de la Lengua y de la Historia, «Las formas del relieve terrestre y su lenguaje» y «De causa montium». Un alumno de padre, Eduardo Martínez de Pisón, le proporcionó las fotos que ilustran el libro.
Con estas pinceladas de recuerdos, nuestros recuerdos, y sobre todo los suyos, hemos querido presentar a nuestra madre y contribuir así al conocimiento de nuestro padre.
Para finalizar nos gustaría reproducir el siguiente fragmento de una carta manuscrita dirigida a nuestra madre por doña María Goyri, una de las primeras mujeres universitarias españolas, esposa de don Ramón Menéndez Pidal y madre de Jimena Menéndez Pidal, que creemos que refleja en términos veraces, precisos y exquisitamente epistolares lo que nuestra madre transmitía a su entorno: |