[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]

Son muchos los recuerdos que conservo de mi abuelo. Algunos se mantienen como imágenes claras que el tiempo parece no querer borrar y otros seguramente perduran gracias a las fotos y los relatos familiares. Aunque pude disfrutarle apenas doce años, estudiar geografía en la universidad me permitió seguir conociéndole y aprender de él durante varios años más.
Le recuerdo sonriente y tranquilo. Silencioso y observador. Sentado en el sillón preparando apaciblemente una pipa y, minutos después, rodeado del olor inconfundible del humo de su tabaco. Y en su despacho, rodeado de mesas y sillas cubiertas de papeles, libros y mapas. Aquella habitación me parecía un lugar lleno de misterios para resolver. Con ilusión, mi hermana y yo le observábamos acercarse a su estantería y escoger algo que enseñarnos desde lo alto de una escalera. Ayudado por su lupa se acercaba con un mapa antiguo, de aquellos con monstruos fantásticos en los extremos y países de nombres y formas poco reconocibles. Nos narraba creencias antiguas y nos explicaba la importancia histórica de los mapas. Le recuerdo decir que no se conoce el camino a algún lugar si no se es capaz de dibujar el mapa mental de ese trayecto. Algunas veces escogía el reloj solar que descansaba sobre un estante y que me parecía un invento casi mágico; otras, algún libro.
A menudo nos sorprendía con algún regalo. Se alejaba por el pasillo con un caminar lento y, con él, ese sabroso olor a pipa. Al rato reaparecía, sonriente y satisfecho. Traía un instrumento curvo de madera gastada que utilizaban los campesinos para cubrirse los dedos al segar. O una llave antigua, grande y tosca. O una jarrita de cerámica de algún pueblo que había visitado alguna vez. Escuchábamos atentas las historias de cada objeto y juntos recreábamos la posible vida de sus anteriores dueños. Aquellos regalos eran para nosotras auténticas joyas, y todavía, más de veinte años después, conservamos varios de ellos.
Fue en algún bar con olor a calamares del madrileño barrio de Argüelles donde, de la mano de mi abuelo, disfruté de mis primeras «tapas». Nadie sabía que nuestras escapadas incluían aquel aceitoso aperitivo hasta que un desafortunado hueso de aceituna en el bolsillo de mi abrigo nos delató. Conversábamos ante generosas raciones y, después, compartíamos un paseo por esas callejuelas del centro de las que tanto él como mi abuela conocían múltiples relatos. Siempre me pareció que mis abuelos se complementaban perfectamente. Ella, inteligente y cariñosa, compartía ese interés por los lugares y sus gentes, por la poesía y el arte. Solía unirse a mi abuelo en las narraciones, y nos contaba cómo pasaba el mielero por las casas o cómo el sereno apagaba las luces de las farolas cada noche. A mí me encantaba contemplarles juntos.
Recuerdo claramente las temporadas de verano con ellos. A través de la ventana del coche veíamos cómo se alejaba la ciudad y comenzaba a cambiar el paisaje. Entonces mi abuelo nos divertía preguntando a qué creíamos que se debían los nombres de algunos pueblos por los que pasábamos o si los materiales de las casas coincidían con los naturales de la zona. Preguntaba y luego escuchaba atentamente, haciéndonos aprender jugando. Nos hacía ver los cambios en el clima y el relieve, y explicaba cómo eso influía en la forma de vida de los pueblos y en los productos que cultivaban, y observaba con interés cómo los tradicionales arados tirados por bueyes ya compartían el trabajo con modernos tractores. Decía que muchos de aquellos lugares poco a poco iban quedándose vacíos y sus habitantes se marchaban a las ciudades. Alguna de las veces que viajamos a la costa me pidió que subiera hasta a lo alto de un cerro y rellenara un bote con la arena que allí encontrara. Lo mismo hicimos junto al mar. Al llegar a casa observamos que nuestras «muestras» eran prácticamente iguales, incluso que ambas tenían pequeños fragmentos de conchas. Me explicó que hace muchos años todo aquello estaba cubierto por el mar y aquella fue la primera vez que recuerdo escuchar que la tierra que pisamos continúa «en lento movimiento y renovación» y que los continentes, en un inicio unidos, se habían ido separando lentamente. Yo le miraba atónita mientras él me sonreía divertido.
Yo entonces no sospechaba que años después estudiaría la licenciatura de Geografía en la Universidad Autónoma de Madrid, que llegaría a casa con «el Terán» bajo el brazo y tomaría apuntes de su biografía. Poco a poco le fui poniendo nombre a todo aquello que él me había contado hacía tiempo: la tectónica de placas, la teoría de Wegener, pangea, toponimia o el éxodo rural. Mi abuelo solía decir que «la geografía es andar y ver» y empezó a enseñarme. Todavía continúo aprendiendo. |