[Texto escrito con motivo del homenaje a Manuel de Terán en el centenario de su nacimiento, en 2004]
Hace pocas semanas, en un artículo sobre representación cartográfica, me referí a Manuel de Terán, tío Manuel, como maestro de geógrafos, y de todos los que vivimos cerca de él. Siempre he considerado un privilegio haber vivido en su entorno más o menos próximo en las edades escolares en las que uno se empieza a formar y, aunque nunca fui su alumno, creo que en cierta manera me puedo considerar su discípulo, porque de él aprendí muchas cosas.
Nuestra familia y la suya mantuvieron toda la vida una relación muy estrecha; varios veranos vivimos como una sola familia, y otros pasábamos los primos temporadas unos en casa de los otros. Recuerdo los veranos en Sigüenza, donde estuve con ellos varios años, como uno de los puntos de referencia de mi juventud. Su mujer, Fernanda Troyano de los Ríos, era hermana de mi madre, y creo que la buena relación que naturalmente existía entre los matrimonios se vio reforzada por el aislamiento a que se vieron sometidos después de la guerra civil. Ser sobrinos de Fernando de los Ríos no era una buena presentación en aquel momento. Tío Manuel y mi padre, Carlos Fernández Casado, no fueron personas bien vistas en los «años triunfales» del franquismo, e incluso sufrieron algún tipo de depuración. Los dos pasaron la guerra en Madrid; mis padres estaban en San Sebastián cuando estalló la guerra, y de allí pasaron a Francia, y de Francia vinieron a Madrid. Tío Manuel pasó la guerra solo en Madrid porque quedó separado de su familia. Estaban veraneando en San Rafael, y él había venido a Madrid esos días, lo que le dejó aislado de los suyos porque San Rafael cayó del bando «nacional».
Tío Manuel y mi padre eran personalidades diferentes pero en muchos aspectos sus vidas se pueden considerar paralelas, y creo que por eso siempre se entendieron bien, aunque sus mundos eran distintos. Los dos fueron personas dedicadas íntegramente a su profesión, y ésta tenía en ambos diferentes facetas, porque fueron personas de múltiples actividades. Los dos fueron catedráticos, tío Manuel de Geografía en la Universidad Complutense y mi padre de Puentes en la Universidad Politécnica. También fueron los dos académicos, tío Manuel de la Historia y de la Lengua y mi padre de Bellas Artes; y por último los dos fueron contrarios al régimen de Franco pero consideraron que su país era éste y en él se quedaron.
Creo que son de admirar muy especialmente las personas que, como ellos, sufrieron la guerra y, lo que fue casi peor, la posguerra, a las edades comprendidas entre los treinta y los cuarenta años, y que a pesar de ello han llegado lejos, porque salir adelante y superar la depauperación que sufrió el país en todos sus aspectos, mediante una dedicación al trabajo y al estudio, de forma casi individual en un ambiente hostil, no debió resultar nada fácil.
El único contacto entre ellos que recuerdo que se pueda considerar en cierta manera profesional fueron los artículos que publicó mi padre en la revista Estudios Geográficos que dirigía tío Manuel, en los años 1948 a 1954, con un título común: «Expresión geográfica de las obras del ingeniero», precursores en muchos aspectos de lo que hoy se denomina, en mi opinión con poca fortuna, impacto ambiental.
De tío Manuel recuerdo muchas cosas: sus conversaciones con nosotros cuando íbamos de paseo por la ciudad, por el campo, o en su casa de General Oráa. Con él y con los primos subí por primera vez en el «funicular» o «trenecillo», como siempre se le ha llamado, que va de Cercedilla al Puerto de Navacerrada. Recuerdo la impresión que me produjo atravesar el pinar lleno de helechos, y sus explicaciones de lo que eran las montañas. A partir de entonces la Sierra de Guadarrama, y en especial la zona de Siete Picos, se ha convertido en mi raíz geográfica.
Lo que más me impresionó siempre de tío Manuel fue su finura intelectual y su sensibilidad para apreciar muchos aspectos de nuestro entorno, cualidades que no he visto en nadie tan acusadas como en él.
No fui alumno suyo, pero estaba en el Tribunal que me examinó de Reválida y en el examen oral que me hizo pude sentir cómo iba elevando el nivel de las preguntas hasta llegar al límite de mis conocimientos. Años después, estuve en varias conferencias suyas y me sorprendió su brillantez, tanto por su facilidad de palabra como por la perfecta estructuración del conjunto de la disertación.
Con pocos años leí La Epopeya Polar, un precioso libro que escribió en 1943 sobre las exploraciones polares, y desde entonces he sido un explorador polar frustrado.
En familia era bromista y socarrón. Recuerdo vagamente de muy pequeño la historia de la serpiente que vivía en un registro de la luz de General Oráa que no tenía tapa y que, de cuando en cuando, lanzaba caramelos. Era tío Manuel que, cuando estábamos distraídos, lanzaba el paquete de caramelos a la esquina del techo y parecía que caían de allí. Y ya de mayor, recuerdo que en los primeros años de la Transición, en plena efervescencia política, nos preguntó a mi mujer y a mí si éramos «de Felinillo o de Santiaguillo».
Como resumen puedo decir que haber vivido cerca de Manuel de Terán es una de las cosas buenas que me han sucedido en la vida.
Noviembre de 2004
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