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la guerra civil (1936-1938)

Luis Cernuda en su casa de la calle Viriato, Madrid, 9 de marzo de 1936. Archivo de la Residencia de Estudiantes, Madrid

Luis Cernuda en Sevilla, hacia 1910

Calle Viriato de Madrid bombardeada. Biblioteca Nacional, Madrid

En el verano de 1936, Luis Cernuda y su amiga Concha de Albornoz se trasladaron a París en calidad de secretarios de Álvaro de Albornoz, embajador español en Francia. La estancia en París duró poco tiempo, ya que en el mes de septiembre se vieron forzados a abandonar el cargo y el país, acusados por una comisión encabezada por La Pasionaria de alojar espías en la embajada.

Cernuda regresó a Madrid donde, durante unas semanas, colaboró con Arturo Serrano Plaja en la realización de programas de radio destinados a animar a la tropa leal que defendía la capital. Tal vez deseoso de servir a la causa republicana de forma más comprometida, en octubre decidió alistarse en el Batallón Alpino, donde se desempeñó como comisario cultural. Su batallón estuvo apostado en la Sierra de Guadarrama, donde es posible que el poeta permaneciera hasta el mes de enero de 1937, cuando, por razones que todavía quedan por explicarse, volvió a Madrid, y concretamente a la Alianza de Escritores Antifascistas, cuya sede estaba en la calle Marqués del Duero. En el órgano de la Alianza, El Mono Azul, el poeta publicó un breve  texto en apoyo a la República.

En abril de 1937, Cernuda se trasladó a Valencia, donde colaboró en la revista Hora de España con poemas como «Elegía a un poeta muerto (F. G. L.)». En el mes de agosto interpretó el papel de Don Pedro en una  puesta en escena de Mariana Pineda de Lorca. Dirigida por Manuel Altolaguirre, con un vestuario diseñado por el pintor Víctor María (Vitín) Cortezo, la puesta fue preparada especialmente para coincidir con el II Congreso de Escritores Antifascistas. Los ensayos permitieron al grupo olvidarse por un tiempo de los horrores de la guerra, de los bombardeos de los aviones franquistas, pero también de las persecuciones a las que se veían sometidos algunos de los artistas e intelectuales republicanos de manos de sus propias fuerzas de seguridad.

Aquel verano fueron arrestados Concha de Albornoz, acusada de espionaje, y Víctor María Cortezo, detenido por antirrevolucionario. Ambos acontecimientos indignaron (y angustiaron) a Cernuda; pero no lo persuadieron a abandonar el país. Al contrario: rechazó el  ofrecimiento de un puesto de lector en Oslo y pasó el invierno de 1937-1938 en Madrid. Sin embargo, finalmente accedió a la invitación que le hizo el poeta inglés Stanley Richardson, de hacer una gira de conferencias por Inglaterra. El 14 de febrero, acompañado por su amigo Bernabé Fernández-Canivell, Luis Cernuda salió del España camino de París y Londres. Al atravesar la frontera en Port-Bou, tenía la firme intención de volver a España esa misma primavera. Pero nunca iba a poder regresar.

Después de Perfil del aire, Cernuda sólo había publicado el poemario Donde habite el olvido. Tenía, pues, otros cuatro inéditos: Égloga, elegía y oda, Un río, un amor, Los placeres prohibidos e Invocaciones. En abril de 1936, después de preparar una versión refundida de Perfil del aire -que a partir de entonces se conocería como Primeras poesías-, Cernuda reunió su obra conjunta en un volumen titulado La realidad y el deseo. El libro fue recibido con grandes elogios por poetas y críticos como Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Arturo Serrano Plaja y Manuel Altolaguirre. Pero en el homenaje que sus compañeros de generación le brindaron el 19 de abril en un café de la calle Botoneras de Madrid, ninguno habló con más fervor ni con más penetración poética que Federico García Lorca: «La realidad y el deseo me ha convencido con su perfección poética sin mácula, con su amorosa agonía encadenada, con su ira y sus piedras de sombra. Libro delicado y terrible al mismo tiempo, como un clave pálido que manara hilos de sangre por el temblor de cada cuerda»  6 .

La publicación de La realidad y el deseo debería haber servido para consagrar a Cernuda como uno  de los grandes poetas de su generación. Pero la historia dispuso otra suerte: en julio de 1936 estalló la guerra civil, poniendo fin, abrupta y violentamente, a una época en la vida de toda una generación. Si alguien leía o no leía la poesía de Cernuda era algo que importaba poco ante la dramática situación que ahora afrontaba el país.

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