Luis Cernuda en la calle Aire, Sevilla, 1928
De izquierda a derecha, Adriano del Valle, Fernando Villalón y Luis Cernuda en Sevilla, en junio de 1928. Fotografía de Juan Guerrero Ruiz. Archivo de la Residencia de Estudiantes, Madrid
Luis Cernuda, el segundo por la derecha, con compañeros de la escuela militar de Sevilla, hacia 1924 Colección particular, Sevilla
En otoño de 1919, Luis Cernuda se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla. Es probable que para entonces todavía no hubiera descubierto su vocación poética, pero tal vez le ayudara a encontrarla el hecho fortuito de que durante el primer año de estudios universitarios recibiera clases de Pedro Salinas, reciente catedrático de Historia de Lengua y Literatura Españolas y uno de los poetas más notables de la nueva promoción lírica española. En las tertulias literarias que Salinas ayudaba a organizar, y acompañado por otros estudiantes como Higinio Capote, José de Montes y Joaquín Romero y Murube, Cernuda leyó y estudió la obra de los grandes clásicos españoles: Fray Luis de León, Góngora, Lope, Quevedo, Calderón, así como la obra de varios autores fundamentales de la literatura moderna de lengua francesa: Baudelaire, Rimbaud, Proust, Reverdy, André Gide, etc.
A su interés creciente por la poesía, se añade una experiencia muy particular a la que el propio Cernuda habría de asignar especial importancia en cuanto a la cristalización de su vocación como poeta, tal y como lo relataría en «Historial de un libro»: «Hacía entonces el servicio militar y todas las tardes salía a caballo con los otros reclutas, como parte de la instrucción, por los alrededores de Sevilla; una de aquellas tardes, sin transición previa, las cosas se me aparecieron como si las viera por vez primera, como si por primera vez entrara yo en comunicación con ellas, y esa visión inusitada, al mismo tiempo, provocaba en mí la urgencia expresiva, la urgencia de decir dicha experiencia. Así nació entonces toda una serie de versos, de los cuales ninguno sobrevive» 2 .
En 1920 murió repentinamente el padre de Luis Cernuda. La situación económica familiar -al borde de la quiebra- provoca el traslado de la familia a una casa más modesta en la calle Conde de Benomar (antes, y después, calle del Aire). No era de extrañar que, tras licenciarse como abogado en 1925, su madre le instara a contribuir a la manutención familiar, cosa que no parecía haber interesado demasiado al poeta en ciernes. Su vocación poética, cada vez más decidida, lo llevará por otros derroteros.
La visita de Juan Ramón Jiménez a Sevilla en septiembre de 1925, contribuyó a afianzar su decisión. Cernuda tuvo ocasión de conocer y charlar con el poeta español de mayor prestigio del momento, a quien, por entonces, Cernuda leía con verdadera devoción, como recuerda en «Historial de un libro»: «Lo conocí por mediación de Salinas, en Sevilla, una noche de septiembre de 1925, en el Alcázar. Casi no dije palabra, era yo un chico provinciano, un poeta mozo frente a la presencia, casi mítica, del gran poeta. Yo leía y releía, con fervor de neófito, varios de sus libros: Segunda antolojía poética, Diario de un poeta recién casado, Poesía, Belleza...» 3 .
La mención de los jardines del Alcázar no es casual, ya que desde mucho antes del verano de 1925 estos jardines, con sus patios y fuentes, sus senderos sombreados y sus silenciosos rincones, se habían convertido en un verdadero locus amoenus para Cernuda, hasta el punto de que en los largos años del exilio, y sobre todo en los poemas en prosa de Ocnos y Variaciones sobre tema mexicano, el sevillano volverá una y otra vez la mirada en busca de este paraíso perdido.
Cernuda publicó algunos de sus primeros versos en Revista de Occidente, en 1925. Más tarde, colaboró con las revistas La Verdad, Litoral, Mediodía y Papel de Aleluyas. Una selección más amplia de su obra -décimas, sonetos y cuartetas heptasílabas escritos entre 1924 y los primeros meses de 1926- entró a conformar su primer libro, Perfil del aire, publicado por los editores Manuel Altolaguirre y Emilio Prados en la imprenta Sur de Málaga, en abril de 1927. La acogida dispensada al libro en la prensa fue muy decepcionante: con una o dos excepciones, los críticos rechazaron el poemario como anacrónico y como ajeno a los ritmos de la modernidad; también acusaron al sevillano de ser un simple imitador de la gran poesía de Jorge Guillén.
Estas críticas generaron en Cernuda un rencor y una desconfianza hacia el mundo literario español que se verían incrementados cuando, unos meses más tarde, el sevillano no fue invitado a participar en el famoso homenaje a Góngora, celebrado en el Ateneo de Sevilla. Con todo, esta celebración le brindó la oportunidad de conocer a otros poetas de su generación, entre ellos a Federico García Lorca.
Fue entonces cuando Cernuda se alejó de la «actualidad» literaria española. Ya desde la temprana fecha de 1926 había empezado a identificarse con el malestar y la rebeldía del surrealismo francés, gracias a la lectura de libros de Aragon y Éluard; también leía la obra de algunos autores de espíritu afín, como Lautréamont, Baudelaire, Rimbaud y André Gide. Sin embargo, por el momento no se atrevió a dar rienda suelta a las profundas inquietudes que compartía con estos escritores. De ahí su «Égloga», su «Elegía» y su «Oda», escritos entre 1927 y 1928. Se trata de tres poemas extensos inspirados en Mallarmé y en Gracilaso: tres ejercicios formales muy hermosos, pero que apenas dejaban ver la frustración y la rabia que el joven poeta guardaba en su interior.