
En el año 1926 se convocó un concurso público para la construcción del Palacio de la Sociedad de Naciones en Ginebra, en el que participaron Le Corbusier y su primo y socio, Pierre Jeanneret. Lamentablemente, su propuesta fue desechada después de un largo y bochornoso proceso burocrático que se inclinó en favor de una arquitectura que seguía valiéndose del lenguaje académico.

Le Corbusier confió siempre en que la modernidad propiciara la construcción de edificios públicos dotados de valores y que comunicaran ideas acordes con la sociedad contemporánea y sus nuevas demandas de búsqueda del consenso. Es en este contexto en el que cabe entender su proyecto para el palacio de la Sociedad de Naciones en Ginebra.

El complejo debía situarse a orillas del lago Lemán, con un programa que incluyera un gran auditorio para la Asamblea, un secretariado que albergaría despachos y oficinas, salas de comisiones, biblioteca, restaurante, etc. En la propuesta aportada por él y su socio Pierre Jeanneret, Le Corbusier fue consciente de que, además de satisfacer las exigencias funcionales, sobre todo había que dotar al complejo de edificios del simbolismo adecuado para un parlamento mundial, pues a esta institución precisamente correspondía la tarea de impulsar y defender valores universales como la paz, la cooperación y la justicia.
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